24/10/11
¿Realmente quieres?
El bueno de S. Agustín
Si decimos que S. Agustín era un genio no decimos nada nuevo. Eso está por descontado. Si por algo destacó, además de por el hecho mismo de ser santo (que no es poca cosa), fue por su gran actividad intelectual. Pero también por su ejemplo de vida y conversión al Señor tras muchos años buscando la verdad. Y no sólo buscando la verdad; entre reflexión y reflexión, como él reconoce, vivió de muchos vicios, llegando a ser un verdadero esclavo de muchos de ellos. Sobre todo, quedó anclado en el ámbito de la lujuria, pecado que le acompañó muchos años y le presentó un terrible campo de lucha personal. Todo esto queda muy bien relatado en su famoso libro Confesiones, escrito en torno al año 400. Estos días estoy con él, ya que llevaba mucho tiempo queriendo echarle el guante, y me ha sorprendido con una idea sencilla que quiero compartir con vosotros.
La fuerza del deseo comprometido
Relatando sus fuertes luchas contra la tentación sexual, así como sus habituales caídas, S. Agustín nos recuerda algo elemental, y que posiblemente hemos perdido de vista. Sus consideraciones brotan de su lucha contra el apetito sexual, pero puede extrapolarse a cualquier combate interno contra un vicio que tengas. Mira a ver si puede ayudarte. El santo norteafricano explica que algo que le llamaba la atención era su incapacidad para trasladar un deseo a la realidad, es decir; quería superar su adicción, pero cada poco caía. Esto nos suena muy familiar. Agustín, reflexivo donde los haya, no comprendía por qué no era capaz de dominarse a sí mismo, por qué no era dueño de su voluntad en toda circunstancia, y por ende, de sus actos. Vivía una contradicción para la que no encontraba salida: quiero y no puedo. Entonces, cuenta cómo llegó a la conclusión que el fallo no eran sus fuerzas (pocas), sino su deseo. Examinando su corazón, no deseaba profundamente abandonar su vida de esclavo. Durante un tiempo, unos días, sí, podía tolerar y aceptar alejarse de las mujeres en el plano sexual, pero en lo más hondo de su ser se negaba a dejarlo para siempre. PARA SIEMPRE. Estas palabras son fuertes, no cabe duda. Intelectualmente, moralmente, conocía lo que tenía que hacer, y lo deseaba en buena medida. Pero subrepticiamente no estaba dispuesto a asumir las consecuencias últimas de su decisión. Eliminar el vicio para toda su vida sonaba fantástico, y lo deseaba racionalmente, pero no todo su ser. No quería aglutinar las fuerzas para afrontar que nunca jamás volvería a degustar los sinsabores de una vida sexual alejada de la verdad de su corazón y su felicidad. Era una agradable cadena, que aunque buscaba romper, siempre se decía a sí mismo “mañana empiezo”. Es un “quiero” pero “para luego”, algo que sabes que debes hacer pero no quieres reunir las fuerzas y el compromiso necesario, porque conoces perfectamente que será duro. Una vez más, el compromiso a asumir por un “para siempre” es duro, nos cuesta. Cuando S. Agustín dio con esta clave, por fin pudo luchar de verdad por terminar con algo que lo estaba matando vitalmente. Plantéate hasta qué punto no te pasa a ti eso también. A mí también me pasa con muchas cosas, y por ello el relato del santo me ha ayudado enormemente.
Por tanto…
Esto no debe hacernos creer que la vida cristiana es puro voluntarismo. Nada más lejos de la verdad, y menos en el caso de S. Agustín. Las fuerzas para superar nuestras esclavitudes vienen de Lo Alto siempre, es una cuestión de pedir al Señor. Pero al mismo tiempo, la clave para recibir su gracia es abrirse y ponerse en las Manos de Dios, y Él no puede actuar en contra nuestra: si nosotros no tenemos el firme compromiso de negarnos a nosotros mismos para nuestra obtener nuestra libertad, Él, respetando nuestra actitud, no interviene. Espera. Espera tu “sí” para poder acudir a ayudarte. Por esto, debes estar dispuesto a darlo todo, y a partir de ahí vendrá la ayuda de Dios, la que verdaderamente te empujará hacia la salida. Y claro, también puedes pedir, a su vez, que el Señor te de la fuerza suficiente para comprometerte. En definitiva, como decía un amigo mío, pon todos los medios humanos necesarios como si no existieran los divinos, y los divinos como si no existieran los humanos. Pedir y abrir el corazón a la espera de la gracia de Cristo resucitado.
El Papa responde en TV
Primera pregunta: El dolor del inocente
- Me llamo Elena, soy japonesa y tengo siete años. Tengo mucho miedo porque la casa en la que me sentía segura ha temblado muchísimo, y porque muchos niños de mi edad han muerto. No puedo ir a jugar al parque. Quiero preguntarle: ¿por qué tengo que pasar tanto miedo? ¿por qué los niños tienen que sufrir tanta tristeza? Le pido al Papa, que habla con Dios, que me lo explique.
- Querida Elena, te saludo con todo el corazón. También yo me pregunto: ¿por qué es así? ¿por qué vosotros tenéis que sufrir tanto mientras otros viven cómodamente? Y no tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a vuestro lado. Esto me parece muy importante, a pesar de que no tenemos respuestas, si la tristeza sigue: Dios está a vuestro lado y tenéis que estar seguros de que esto os ayudará. Y un día podremos comprender por qué ha sucedido esto. En este momento me parece importante que sepáis que ´Dios me ama´, aunque parezca que no me conoce. No, me ama, está a mi lado, y tenéis que estar seguros de que en el mundo, en el universo, hay tantas personas que están a vuestro lado, que piensan en vosotros, que hacen todo lo que pueden por vosotros, para ayudaros. Y ser conscientes de que, un día, yo comprenderé que este sufrimiento no era una cosa vacía, no era inútil, sino que detrás del sufrimiento hay un proyecto bueno, un proyecto de amor. No es una casualidad. Siéntete segura, estamos a tu lado, al lado de todos los niños japoneses que sufren, queremos ayudaros con la oración, con nuestros actos y debéis estar seguros de que Dios os ayuda. Y de este modo rezamos juntos para que la luz os llegue a vosotros cuanto antes.
Segunda pregunta
La segunda pregunta para el Santo Padre fue formulada por una madre italiana que se llama María Teresa y que tiene con un hijo en estado vegetativo.
- Santidad, el alma de mi hijo, Francesco, en estado vegetativo desde el día de Pascua del 2009, ¿ha abandonado su cuerpo, visto que está totalmente inconsciente, o está todavía en él?
- Ciertamente el alma está todavía presente en el cuerpo. La situación es un poco como la de una guitarra que tiene las cuerdas rotas y que no se puede tocar. Así también el instrumento del cuerpo es frágil, vulnerable, y el alma no puede tocar, por decirlo en algún modo, pero sigue presente. Estoy también seguro de que esta alma escondida siente con profundidad vuestro amor, a pesar de que no comprende los detalles, las palabras, etc., pero siente la presencia del amor. Y por esto esta presencia vuestra, queridos padres, querida mamá, junto a él, horas y horas cada día, es un verdadero acto de amor muy valioso, porque esta presencia entra en la profundidad de esta alma escondida y vuestro acto es un testimonio de fe en Dios, de fe en el hombre, de fe, digamos de compromiso a favor de la vida, de respeto por la vida humana, incluso en las situaciones más trágicas. Por esto os animo a proseguir, sabiendo que hacéis un gran servicio a la humanidad con este signo de confianza, con este signo de respeto de la vida, con este amor por un cuerpo lacerado, un alma que sufre.
Tercera pregunta: Cristianos perseguidos
La tercera pregunta de la entrevista fue formulada desde Irak. Desde Bagdad un grupo de jóvenes cristianos perseguidos le preguntan:
- Saludamos al Santo padre desde Irak. Nosotros, cristianos de Bagdad somos perseguidos como Jesús. Santo Padre, ¿en qué modo podemos ayudar a nuestra comunidad cristiana para que reconsideren el deseo de emigrar a otros países, convenciéndoles de que marcharse no es la única solución?
- Quisiera en primer lugar saludar con todo el corazón a todos los cristianos de Irak, nuestros hermanos, y tengo que decir que rezo cada día por los cristianos de Irak. Son nuestros hermanos que sufren, como también en otras tierras del mundo, y por esto los siento especialmente cercanos a mi corazón y, en la medida de nuestras posibilidades, tenemos que hacer todo lo posible para que puedan resistir a la tentación de emigrar, que –en las condiciones en las que viven- resulta muy comprensible.
Diría que es importante que estemos cerca de vosotros, queridos hermanos de Irak, que queramos ayudaros y cuando vengáis, recibiros realmente como hermanos. Y naturalmente, las instituciones, todos los que tienen una posibilidad de hacer algo por Irak, deben hacerlo. La Santa Sede está en permanente contacto con las distintas comunidades, no solo con las comunidades católicas, sino también con las demás comunidades cristianas, con los hermanos musulmanes, sean chiitas o sunitas. Y queremos hacer un trabajo de reconciliación, de comprensión, también con el gobierno, ayudarle en este difícil camino de recomponer una sociedad desgarrada. Porque este es el problema, que la sociedad está profundamente dividida, lacerada, ya no tienen esta conciencia: "Nosotros somos en la diversidad un pueblo con una historia común, en el que cada uno tiene su sitio". Y tienen que reconstruir esta conciencia que, en la diversidad, tienen una historia común, una común determinación. Y nosotros queremos, en diálogo precisamente con los distintos grupos, ayudar al proceso de reconstrucción y animaros a vosotros, queridos hermanos cristianos de Irak, a tener confianza, a tener paciencia, a tener confianza en Dios, a colaborar en este difícil proceso. Tened la seguridad de nuestra oración.
Cuarta pregunta: "Salam aleikum"
La siguiente pregunta fue hecha por una mujer musulmana de la Costa de Marfil, un país en guerra desde hace años. Saluda en árabe al pontífice: "Que Dios esté en medio de todas las palabras que nos diremos y que Dios esté contigo".
- Querido Santo Padre, aquí en Costa de Marfil hemos vivido siempre en armonía entre cristianos y musulmanes. A menudo, las familias están formadas por miembros de ambas religiones; existe también una diversidad de etnias, pero nunca hemos tenido problemas. Ahora todo ha cambiado: la crisis que vivimos, causada por la política, está sembrando divisiones. ¡Cuántos inocentes han perdido la vida! ¡Cuántos prófugos, cuántas madres y cuántos niños traumatizados! Los mensajeros han exhortado a la paz, los profetas han exhortado a la paz. Jesús es un hombre de paz. Usted, en cuanto embajador de Jesús, ¿qué aconsejaría a nuestro país?
- Quiero contestar al saludo: que Dios esté también contigo, y siempre te ayude. Y tengo que decir que he recibido cartas desgarradoras de la Costa de Marfil, donde veo toda la tristeza, la profundidad del sufrimiento, y me quedo triste porque podemos hacer tan poco. Siempre podemos hacer una cosa: orar con vosotros, y en la medida de lo posible, hacer obras de caridad, y sobre todo queremos colaborar, según nuestras posibilidades, en los contactos políticos, humanos.
He encargado al cardenal Tuckson, que es presidente de nuestro Consejo de Justicia y Paz, que vaya a Costa de Marfil e intente mediar, hablar con los diversos grupos, con las distintas personas, para facilitar un nuevo comienzo. Y sobre todo queremos hacer oír la voz de Jesús, en el que Vd. también cree como profeta. Él era siempre el hombre de la paz. Se podía pensar que, cuando Dios vino a la tierra, lo haría como un hombre de gran fuerza, que destruiría las potencias adversarias, que sería un hombre de una fuerte violencia como instrumento de paz. Nada de esto: vino débil, vino solo con la fuerza del amor, totalmente sin violencia hasta ir a la cruz. Y esto nos muestra el verdadero rostro de Dios, y que la violencia no viene nunca de Dios, nunca ayuda a producir cosas buenas, sino que es un medio destructivo y no es el camino para salir de las dificultades.
Es una fuerte voz contra todo tipo de violencia. Invito fuertemente a todas las partes a renunciar a la violencia, a buscar las vías de la paz. Para la recomposición de vuestro pueblo no podéis usar medios violentos, aunque penséis tener razón. La única vía es la renuncia a la violencia, recomenzar el diálogo, los intentos de encontrar juntos la paz, una nueva atención de los unos hacia los otros, la nueva disponibilidad a abrirse el uno al otro. Y este, querida señora, es el verdadero mensaje de Jesús: buscad la paz con los medios de la paz y abandonad la violencia. Rezamos por vosotros para que todos los componentes de vuestra sociedad sientan esta voz de Jesús y así vuelva la paz y la comunión.
Quinta pregunta: La muerte y la resurrección de Jesús
- Santidad: ¿Qué hizo Jesús en el lapso de tiempo entre la muerte y la resurrección? Y, ya que en el Credo se dice que Jesús después de la muerte descendió a los infiernos: ¿Podemos pensar que es algo que nos pasará también a nosotros, después de la muerte, antes de ascender al Cielo?
- En primer lugar, este descenso del alma de Jesús no debe imaginarse como un viaje geográfico, local, de un continente a otro. Es un viaje del alma. Hay que tener en cuenta que siempre el alma de Jesús siempre toca al Padre, está siempre en contacto con el Padre, pero al mismo tiempo, esta alma humana se extiende hasta los últimos confines del ser humano. En este sentido, baja a las profundidades, va hacia los perdidos, se dirige a todos aquellos que no han alcanzado la meta de sus vidas, y trasciende así los continentes del pasado. Esta palabra del descenso del Señor a los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta, sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los tiempos.
Dicen los Padres, con una imagen muy hermosa, que Jesús toma de la mano a Adán y Eva, es decir, a la humanidad, y la encamina hacia adelante, hacia las alturas. Y así crea el acceso a Dios, porque el hombre, por sí mismo, no puede elevarse a la altura de Dios. Jesús mismo, siendo un hombre, tomando de las manos al hombre, abre el acceso. ¿Qué acceso? La realidad que llamamos cielo. Así, este descenso a los infiernos, es decir, en las profundidades del ser humano, en las profundidades del pasado de la humanidad, es una parte esencial de la misión de Jesús, de su misión de Redentor y no se aplica a nosotros. Nuestra vida es diferente, el Señor ya nos ha redimido y nos presentamos al Juez, después de nuestra muerte, bajo la mirada de Jesús, y esta mirada en parte será purificadora: creo que todos nosotros, en mayor o menor medida, necesitaremos ser purificados. La mirada de Jesús nos purifica y además nos hace capaces de vivir con Dios, de vivir con los santos, sobre todo de vivir en comunión con nuestros seres queridos que nos han precedido.
Sexta pregunta: El cuerpo glorioso
- Santidad, cuando las mujeres llegan al sepulcro, el domingo después de la muerte de Jesús, no reconocen al Maestro, lo confunden con otro. Lo mismo les pasa a los Apóstoles: Jesús tiene que enseñarles las heridas, partir el pan para que le reconozcan precisamente por sus gestos. El suyo es un cuerpo real de carne y hueso, pero también un cuerpo glorioso. El hecho de que su cuerpo resucitado no tenga las mismas características que antes, ¿qué significa? ¿Y qué significa, exactamente, "cuerpo glorioso"? ¿Y la resurrección, será también así para nosotros?
- Naturalmente, no podemos definir el cuerpo glorioso porqué está más allá de nuestra experiencia. Sólo podemos interpretar algunos de los signos que Jesús nos dio para entender, al menos un poco, hacia dónde apunta esta realidad. El primer signo: el sepulcro está vacío. Es decir, Jesús no abandonó su cuerpo a la corrupción, nos ha enseñado que también la materia está destinada a la eternidad, que resucitó realmente, que no ha quedado perdido. Jesús asumió también la materia, por lo que la materia está también destinada a la eternidad. Pero asumió esta materia en una nueva forma de vida, este es el segundo punto: Jesús no muere más, es decir: está más allá de las leyes de la biología, de la física, porque los sometidos a ellas mueren.
Por lo tanto, hay una condición nueva, diversa, que no conocemos, pero que se revela en lo sucedido a Jesús, y esa es la gran promesa para todos nosotros de que hay un mundo nuevo, una nueva vida, hacia la que estamos encaminados. Y, estando ya en esa condición, para Jesús es posible que los otros lo toquen, puede dar la mano a sus amigos y comer con ellos, pero, sin embargo, está más allá de las condiciones de la vida biológica, como la que nosotros vivimos. Y sabemos que, por una parte, es un hombre real, no un fantasma, vive una vida real, pero es una vida nueva que ya no está sujeta a la muerte y esa es nuestra gran promesa. Es importante entender esto, al menos por lo que se pueda, con el ejemplo de la Eucaristía: en la Eucaristía, el Señor nos da su cuerpo glorioso, no nos da carne para comer en sentido biológico; se nos da Él mismo; lo nuevo que es Él, entra en nuestro ser hombres y mujeres, en el nuestro, en mi ser persona, como persona y llega a nosotros con su ser, de modo que podemos dejarnos penetrar por su presencia, transformarnos en su presencia.
Es un punto importante, porque así ya estamos en contacto con esta nueva vida, este nuevo tipo de vida, ya que Él ha entrado en mí, y yo he salido de mí y me extiendo hacia una nueva dimensión de vida. Pienso que este aspecto de la promesa, de la realidad que Él se entrega a mí y me hace salir de mí mismo, me eleva, sea la cuestión más importante: no se trata de descifrar cosas que no podemos entender sino de encaminarnos hacia la novedad que comienza, siempre, de nuevo, en la Eucaristía.
Séptima pregunta: María
- Santo Padre, la última pregunta es acerca de María. A los pies de la Cruz, hay un conmovedor diálogo entre Jesús, su madre y Juan, en el que Jesús dice a María "he aquí a tu hijo" y a Juan, "he aquí a tu madre". En su último libro, "Jesús de Nazaret", lo define como "una disposición final de Jesús". ¿Cómo debemos entender estas palabras? ¿Qué significado tenían en aquel momento y que significado tienen hoy en día? Y ya que estamos en tema de confiar. ¿Piensa renovar una consagración a la Virgen en el inicio de este nuevo milenio?
- Estas palabras de Jesús son ante todo un acto muy humano. Vemos a Jesús como un hombre verdadero que lleva a cabo un gesto de verdadero hombre: un acto de amor por su madre confiándola al joven Juan para que esté segura. En aquella época en Oriente una mujer sola se encontraba en una situación imposible. Confía su madre a este joven y a él le confía su madre. Jesús realmente actúa como un hombre con un sentimiento profundamente humano. Me parece muy hermoso, muy importante que antes de cualquier teología veamos aquí la verdadera humanidad, el verdadero humanismo de Jesús. Pero por supuesto este gesto tiene varias dimensiones, no atañe solo a ese momento: concierne a toda la historia.
En Juan, Jesús confía a todos nosotros, a toda la Iglesia, a todos los futuros discípulos a su madre y su madre a nosotros. Y esto se ha cumplido a lo largo de la historia: la humanidad y los cristianos han entendido cada vez más que la madre de Jesús es su madre. Y cada vez más personas se han confiado a su Madre: basta pensar en los grandes santuarios, en esta devoción a María, donde cada vez más la gente siente: "Esta es la Madre". E incluso algunos que casi tienen dificultad para llegar a Jesús en su grandeza del Hijo de Dios, se confían a la Madre sin dificultad. Algunos dicen: "Pero eso no tiene fundamento bíblico". Aquí me gustaría responder con San Gregorio Magno: _"A medida que se lee - dice - crecen las palabras de la Escritura". Es decir, se desarrollan en la realidad, crecen, y cada vez más en la historia se difunde esta Palabra. Todos podemos estar agradecidos porque la Madre es una realidad, a todos nos han dado una madre. Y podemos dirigirnos con mucha confianza a esta madre, que para cada cristiano es su Madre.
Por otro lado la Madre es también expresión de la Iglesia. No podemos ser cristianos solos, con un cristianismo construido según mis ideas. La Madre es imagen de la Iglesia, de la Madre Iglesia y confiándonos a María, también tenemos que confiarnos a la Iglesia, vivir la Iglesia, ser Iglesia con María. Llego ahora al tema de la consagración: los papas - Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II - hicieron un gran acto de consagración a la Virgen María y creo que, como gesto ante la humanidad, ante María misma, fue muy importante. Yo creo que ahora sea importante interiorizar ese acto, dejar que nos penetre, para realizarlo en nosotros mismos. Por eso he visitado algunos de los grandes santuarios marianos del mundo: Lourdes, Fátima, Czestochowa, Altötting..., siempre con el fin de hacer concreto, de interiorizar ese acto de consagración, para que sea realmente un acto nuestro.
Creo que el acto grande, público, ya se ha hecho. Tal vez algún día habrá que repetirlo, pero por el momento me parece más importante vivirlo, realizarlo, entrar en esta consagración para hacerla nuestra verdaderamente. Por ejemplo, en Fátima, me di cuenta de cómo los miles de personas presentes eran conscientes de esa consagración, se habían confiado, encarnándola en sí mismos, para sí mismos. Así esa consagración se hace realidad en la Iglesia viva y así crece también la Iglesia. La entrega a María, el que todos nos dejemos penetrar y formar por esa presencia, el entrar en comunión con María, nos hace Iglesia, nos hace, junto con María, realmente esposa de Cristo. De modo que, por ahora, no tengo intención de una nueva consagración pública, pero si quisiera invitar a todos a incorporarse a esa consagración que ya está hecha, para que la vivamos verdaderamente día tras día y crezca así una Iglesia realmente mariana que es Madre y Esposa e Hija de Jesús.
Échale un órdago a la vida
“No hay cobertura”, “no llega bien el Wi-Fi”, “he perdido el autobús”, “se ha averiado el metro”, “este refresco está caliente”… son quejas que nos suelen salir por nuestras boquitas casi a diario. Tenemos de todo y queremos que funcione perfectamente. Nos han educado en este ritmo de vida… un ritmo que merece la pena agitar de vez en cuando abriendo los ojos.
Tuve la suerte de hacer el viaje de fin de carrera a África. Gracias a un misionero del Verbo Divino pudimos vivir en Nairobi (Kenia) y tocar una realidad que no sale en las películas 3D ni en las portadas de los diarios. Grandes diferencias económicas y sociales, suburbios con tanta población como cualquier ciudad europea, largas caminatas para ir al colegio (si es que se tiene esa suerte), carencia de medicinas, decenas de caminos por asfaltar, la omnipresencia de la fe, la fuerza de la naturaleza en su fauna y flora... Un cuadro que a simple vista podría generar una gran ira interior contra todo el mundo virtual con el que vivimos tú y yo a diario. Sin embargo, qué gracia, en sólo 9 días vi más sonrisas que en toda mi vida en un país desarrollado. Qué impacto supone conocer a gente que con menos sabe ser feliz. Personas que valoran el don preciado de la vida, que comparten lo poco que tienen. No es mi intención mitificar, pues – como en todas partes- hay gente buena, otros que lo intentan y un tercer grupo que no lo consigue. Sin embargo, reconozco que se respiraba algo nuevo en el ambiente, a parte del polvo. Una concienciación de que somos seres finitos, de que la felicidad no se compra ni la dan los bancos, que Dios sigue siendo un padre que cuida de sus hijos y que la Iglesia tiene el encargo de ser el abrazo de ese Ser Supremo a la humanidad. Era fácil ver el rostro de Cristo en los pobres.
La pobreza del “primer mundo”
El efecto del viaje se pasa rápido. Nos acostumbramos fácilmente a lo cómodo. El diablo ve oportunidades nuevas y quiere atacarnos por frentes desconocidos para nosotros con su único objetivo: destruirnos. “Estoy harto de esta existencia… este mundo no tiene remedio… no existe esperanza… todo lo que veo es malo… todo lo que hago no merece la pena, no cambia nada… quiero huir del mal llamado primer mundo”. El maligno enreda y quita la paz mezclando temas para confundirnos. No todos tenemos la llamada a salir de nuestra tierra y entregarnos a una misión en países en vías de desarrollo. Pero sí es verdad que todos, sin distinción, estamos llamados a ser misioneros en la parcela de Tierra donde nos ha tocado vivir.
Decía Madre Teresa: “La pobreza en Occidente es de una clase distinta; no se trata solo de un problema de soledad, sino también de espiritualidad. Hay hambre de amor y también hambre de Dios”. ¡Mira en tu vida! Cuánto tiempo hace que no pasas una tarde sin prisas con tus abuelos o tus padres; te has fijado que tu compañero de clase o de trabajo anda últimamente cabizbajo; sabes que ese familiar tuyo está teniendo muchos problemas que le ahogan; recuerdas a ese colega que hace tanto que no llamas, ese que lleva un par de años en el paro con mujer y dos hijos… podríamos alargar la lista personalmente en cualquier rato tranquilo de oración. ¿ Y sabes qué? Dios te está llamando en todos esos “necesitados” que tienes bien cerca. Jesús necesita tus manos para seguir curando y ayudando. Esta misión también forma parte de tu vocación cristiana sea cual sea tu condición. No hace falta que hagas el pino con las orejas. Es tan sencillo como salir de uno mismo y preguntarle a Dios qué espera de ti hoy. Él te chivará todo. La próxima vez que te cruces con “tus pobres”, mírales a la cara sabiendo que para ti ellos son Jesucristo. Jesús es ese pobre de tu clase, de tu familia, el enfermo, aquel que padece, el que no tiene trabajo, el olvidado. Él te está esperando ahí para encontrarse contigo. Es más fácil amar a los que están lejos y vemos poco que a los que tenemos cerca. Si puedes hacer voluntariado o participar de las misiones, hazlo. Pero nunca olvides que Dios te espera en tus hermanos de vida cotidiana.
“Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuánto te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te acogimos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a ti?’ Y el Rey os dirá: ‘Os aseguro que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’. Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me acogisteis, anduve desnudo y no me vestisteis, estuve enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis’. Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’ Y él entonces les responderá: ‘Os aseguro que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo’”
(Mt 25, 37-45)
23/10/11
"Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen” (Mt 5, 45)

Tensión en la Universidad
Los sucesos de las últimas semanas en la Universidad han llenado, para muchos, de polémica y malestar el quehacer cotidiano del universitario. Para otros, quizás, fue un momento de diversión, una oportunidad de “jugar” a ser comprometidos políticos. Para un último grupo, una ocasión para aprender a amar más. Estas tres actitudes son las que fundamentalmente he podido reconocer en mi facultad, Geografía e Historia de la Complutense.
No hace falta que narre aquí lo que ocurrió con todo lujo de detalles. Especialmente cuando desconozco buena parte de ellos, y me parecería injusto con la verdad que “adapte” la historia a lo que recuerdo, o a lo que me conviniese, como ya han hecho casi todos los medios. Lo que sí que es por todos bien sabido, es lo que sucedió en la capilla de Somosaguas. Condenable, sin duda. Eso está en las antípodas de una democrática libertad de expresión. Pero de esto ya se ha hablado suficiente. Quizás sea más desconocido otro hecho un tanto perverso: a la semana siguiente ciertas personas “reaccionaron” ante los hechos de una forma expeditiva. Se presentaron en mi facultad y se enfrentaron a los grupos y asociaciones que defendían los sucesos de Somosaguas por medio de carteles; algunos, no obstante, ciertamente ofensivos. El resultado no podía ser otro: empujones, gritos y policía. Lo clásico. Paralelamente, se hacía una Misa de desagravio en Somosaguas, y en el Seminario de Madrid, nuestros futuros sacerdotes (si Dios quiere), ofrecían una vela al Santísimo también como desagravio. Finalmente, el martes siguiente se convocó una cacerolada en el hall de mi facultad para pedir el cierre inmediato de la capilla. Por fortuna, no superó el grado de cierta exaltación verbal.
¿Existe militancia cristiana?
A mi humilde entender, uno ante estas cosas puede responder de forma humana, mundana. Con el ojo por ojo y el diente por diente. Con el “a mi no me pisan”. O el, “ésta me la pagan, se van a enterar”. Es la reacción más inmediata que todos podemos experimentar. Y es la que explica que viniera un grupo de gente a la facultad a enfrentarse a golpes con los otros, muchos de ellos titulándose como católicos. Porque se consideran enemigos ideológicos irreconciliables. Sin embargo, esto sólo provoca más tensión y broncas. No es una salida cristiana, ni tan siquiera civilizada. No lleva a nada.
Otra posibilidad, más mesurada, es una especie de militancia democrática: acudir a algún acto a modo de protesta o apoyo a alguien. Dicen que en la Misa de desagravio de Somosaguas hubo cientos de personas. Es una respuesta legítima y buena. El sentido de ofrecer una Eucaristía como desagravio por lo sucedido, es algo bastante encomiable. Sin embargo, no me deja de sorprender la masiva participación en el acto. No recuerdo que hubiera tantos católicos que vayan a Misa los viernes a la Universidad. Y comparado con ese número, descubrí bastantes menos en la capilla de la facultad haciendo vela con el Señor por si decidían entrar, aquella semana de gran tensión. Podría ser que yo sea un mal pensado, pero sospecho que es fácil y habitual encontrarse con muchas personas que acuden a las convocatorias masivas. En cambio, no tantas que están día a día respondiendo en lo cotidiano y concreto, sin necesidad de formar parte de una masa. Sin honores ni reconocimientos.
Ser cristiano tiene bastante poco que ver con violencia, insultos… pero no se queda ahí. Ser cristiano no significa ser respetuoso, simplemente. Va más allá. No es una ética estoica, es que Cristo vive en ti. Por tanto, acudir a las concentraciones masivas está bien, y a menudo es necesario, pero son sólo hitos en un camino mucho más largo y profundo. La vida no nos la jugamos en la manifestación masiva de nuestra fe, sino en la vivencia activa de ella en todo momento y circunstancia. Ser cristiano no es ser militante de una ideología, que me define quiénes son los buenos y los malos, a quienes tengo que escuchar y defender, y contra quiénes me tengo que posicionar. Eso es humano, no es de Dios. De Dios es esto:
“Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo que no resistáis al mal; antes bien al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra... el que te obligue a andar una milla vete con él dos... Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo, pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen... si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?” (Mt 5, 38-48).
Por tanto, no existen “enemigos ideológicos a los que derrotar”. Existen tan sólo hermanos y prójimo al que amar sin medida y dar la vida. Y ante los que nos persigan, poner la otra mejilla, es decir, perdonar. Como Cristo hizo: “Padre; perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23,34). Por tu misma protección preocúpate poco, de eso se encarga el Señor.
En segundo lugar, y por ende, la única solución o “militancia” cristiana es el amor. Como dijo cierto capellán de la Complutense, si el 10% de la gente que fue a la Misa de Somosaguas estuviera presente en sus ambientes y en su capilla con espíritu verdaderamente cristiano, jamás habría ocurrido el incidente primigenio en tal capilla. Si hubiera defensa de la capilla no acudiendo sólo a lo “macro”, sino activamente todos los días, algo como lo de Somosaguas sería mucho más complicado que ocurriera. Es una cuestión de coherencia de vida: no podemos defender un día al año lo que no vivimos el resto. Por tanto, si quieres defender a la Iglesia, reza a diario. A Cristo, reza a diario. Proteger lo que consideras legítimamente tuyo, reza a diario. Para que la capilla tenga sentido, para que la Iglesia tenga sentido, su mensaje no puede ser sino el del amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo (¡todo el prójimo!) como a uno mismo. Si no hay amor ni perdón, y si el centro no es Cristo-Eucaristía al que sigues a través de la oración y los Sacramentos, sino que son las manifestaciones públicas de militancia sin más, nuestro mensaje, nuestro Evangelio para todo el mundo, pasa a ser otra ideología recalcitrante más.
En síntesis: hay que defender en el espacio público nuestra fe y nuestros derechos. Pero que eso sea lo extraordinario en nuestra vida, y vivido desde el Amor y Perdón del Señor. Que lo ordinario sea seguir y anunciar a Jesucristo, por medio de nuestro diálogo, convivencia y amor con todo el mundo.
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"El aborto me parece horrible"
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