24/10/11

Ser catequista… ser Cristo


Antes o después casi todo el mundo pasa por la experiencia de dar catequesis. Habitualmente todo empieza porque un párroco o alguien que se encarga de la formación de un puñado de chavales necesita ayuda para enseñar a los chicos. Es típico que uno se decida porque se lo piden abiertamente, y en un espíritu de generosidad, se lance al ruedo. En algunos otros casos surge por la inquietud personal o gusto hacia el hecho de trabajar con gente joven, o muy joven. Sea como fuere, no nos engañemos, la figura del catequista está, a menudo, muy manoseada y poco valorada. No porque en la Iglesia se menosprecie (¡que se lo digan a un párroco!), sino porque los mismos catequistas no se lo toman demasiado en serio. No digo que todos, ¡Dios me libre! He conocido catequistas fantásticos. Pero damas y caballeros, ya se sabe las coñas que circulan sobre los monaguillos y los catequistas. Digamos simplemente que el chascarrillo hace referencia a la poca integridad de muchos catequistas.

Lo admito, no tengo pruebas documentales de lo que digo. Tan sólo me muevo por rumores, experiencias personales y sensaciones que percibes por gente que has conocido. También quizás por lo que gente me ha comentado al respecto en su experiencia. A lo mejor soy yo que sólo he visto la cara fea de muchos catequistas. Sólo Dios sabe. Lo que tengo meridianamente tan claro como la inocencia de Contador es que la figura del catequista debe ennoblecerse de nuevo, debe recuperar unas dosis de dignificación que ha ido perdiendo progresivamente. Me explico, a ver si soy capaz.

Dar catequesis… ¿qué es? Existe una especie de consenso internacional que apunta a que dar catequesis es = dar chapa. Es la mentalidad de que la catequesis es una clase de religión: me preparo una explicación de los Mandamientos así “mal que bien” y pa’lante.  Explico cosas que tienen que ver poco conmigo, que son externas a lo que de verdad me importa o configura mi verdadero yo. Me pongo mi ropa dominguera y me transformo en el yo “católico”-bueno-cara de no rompo un plato. Mi labor comprende desde que entro en la sala hasta que salgo de ella. Lo que ocurre en el interior no trasciende. Para los chavales quizás sí, aunque yo no lo sepa. A mi plin (bueno va, quizás le dedique un rato mayor de atención para preparar la sopa de letras sobre los sacramentos). Luego, en mi vida real… ¿Mandaqué? ¿Jesuquién? Oye tío, relaja que estamos a lunes. Lo que predico se queda dentro de clase. Yo no vivo lo que predico. Pero cuidado, que soy mil de bueno con los efectos especiales que hago con la boca cuando explico la Creación, mis niños se quedan to’ locos.

Sí, he sido exagerado. No he conocido a nadie que llegue a tal extremo. Pero casi. Me duele en el alma cada vez que alguien que actualmente no tiene fe, me dice: “¿mis catequistas?… los peores: tenían unos rollos, unas movidas… ejemplos de nada”. Esto sí puedo dar fe de haberlo oído. También he visto catequistas que no viven ni por asomo muchas cosas de las que dicen. Pero claro, si la mentalidad es la de que el objetivo es que cuando les pregunte el señor vicario que les confirma sepan contestar a las intrincadas preguntas sobre el Espíritu Santo, apaga y vámonos.

¿Quién es el catequista? Todo cristiano por el bautismo está llamado a ser otro Cristo, a que Cristo llegue a los demás a través suyo, a quedar transfigurado en el Señor. El catequista, de una forma muy especial, está llamado a ser Cristo para sus chicos. No es el profe de religión. No transmite conocimientos sin más: transmite experiencia vivida de relación con el Señor. Ayuda a que los niños (o jóvenes) se acerquen a Jesús; les entrega las herramientas para que puedan tener un encuentro personal con Dios Padre. El resto son memadas y trucos de magia. Para toda esta tarea, no enseña con la palabra (que también, no pienses que no se debe preparar las catequesis), sino con la vida. Con su ejemplo, con su testimonio existencial. El modelo de catequista, amigos, es Cristo. Su vida fue una gran catequesis (entre otras cosas). El ejemplo de cómo debe ser persona de forma plena, está en Jesús. Pero también el ejemplo de cómo ser pastor de rebaño: Cristo enseñaba, efectivamente, pero lo que a la gente le sorprendía, y por lo que le seguían, era por la autoridad con la que enseñaba. Autoridad entendida no con que llevase una vara para pegar a los alumnos cada vez que fallaban la respuesta. Por autoridad se entiende que su vida respaldaba lo que decía. Tenía autoridad porque vivía lo predicado, porque sus obras y su forma de ser era la verdadera catequesis hecha acto. Hablaba, pero sobre todo obraba. Y era tal la admiración que causaba, que irresistiblemente le seguían. Era verdadero pastor que apacienta a sus ovejas.

Ser catequista no es fácil
Lo sé. Yo también soy un puñetero desastre. También me cuesta rezar, y el despertador ya no me toma en serio. A veces se me olvida el cumpleaños de alguno de mis muchachos, o me cuesta encontrar un hueco para prepararme la próxima reunión. Pero estoy en paz: Jesús cuenta con ello, porque cuenta conmigo. Ser catequista no es fácil, pero es precioso. Trasciende la clasecita de por qué matar a mis padres no es del todo positivo para mi formación personal. Es dar lo mejor de sí, es volcarse a tope con tu rebaño. Es buscar más a Dios en tu vida, todos los días, para poder darlo a conocer después a tus chavales. Sinceramente, en estos años de catequesis, creo que he crecido más que ellos. En definitiva, ser catequista es parte de tu vocación, es una misión divina. No es hacer un favor a alguien sin más. O pones todo tu corazón y cabeza en esa labor, o mejor que cuelgues las botas ipso facto.

Ser catequista, además, es clave para el futuro de la Iglesia. El catequista es el que enseña a los jóvenes cómo hacerse adultos en la fe. Eso no se hace tan sólo con teoría, sino con vida compartida: catequesis, excursiones, campamentos, cenas… ¡qué narices (…) todo lo que haces con ellos es una catequesis de vida, que es lo que cuenta!

Algo que puede ayudar a no hundirse ante la magnitud de la tarea es el saberse elegido por Dios. Dios te quiso a ti, y no a otro, para enseñar a estos muchachos el camino del amor a Dios. Si tú no lo haces, nadie lo hará por ti. Que el Señor haya apostado tan fuerte por ti, siendo omnisapiente como es, le deja a uno más tranquilo, le enorgullece, le llena de ilusión el corazón.

Al menos yo así lo vivo. Si a alguien le sirve, bendito sea el Señor.

Mensaje de un hijo a sus Padres

Renovación Carismática: “Conocer la Iglesia ha sido tener vida en abundancia”


Para empezar me gustaría decir que la Renovación Carismática no es un movimiento como tal. La Renovación Carismática es "una corriente de gracia" que renueva en la sociedad actual los dones y carismas de la primera comunidad cristiana.

La conocí porque me invitaron unos amigos a ir un día a un grupo. Me llamaba la atención, había oído hablar de ella, y para ser sincero fui a ese grupo con algún que otro prejuicio, me habían dicho que los carismáticos eran unos exaltados, levantaban las manos, cantaban y bailaban muy efusivamente, algunos se ponían a hablar cosas extrañas, etc.  Como siempre nos pasa, nos dejamos llevar fácilmente por aquello que nos cuentan sin haberlo vivido antes personalmente. Puedo decir que me gustó mucho más de lo que me esperaba, desde entonces me sentí muy llamado a continuar profundizando y creciendo dentro de esta realidad de la Iglesia.

Lo que más me ha aportado en mi vida espiritual es el descubrir la importancia de la alabanza a Dios mediante la música de una manera nueva y la presencia de la Persona del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia con sus dones y carismas. La Persona del Espíritu Santo sigue siendo muy desconocida entre los cristianos.

¿De qué va todo esto?
No tiene fundador, pues no es un movimiento. Es Dios mismo quien ha querido suscitar esta corriente de gracia en estos tiempos. La historia de la Renovación Carismática Católica está unida al concilio Vaticano II y al papel que en él se asigna a los laicos dentro de la Iglesia. Para comprender la Renovación en el Espíritu, hay que asomarse a la experiencia de los Apóstoles en Pentecostés. El Cenáculo es el lugar donde los cristianos se dejan transformar por la oración, en torno a María, para acoger al Espíritu.

El 18 de febrero de 1.967, treinta estudiantes y profesores de la universidad de Duquesne en Pensylvania, hacían un retiro espiritual para profundizar en la fuerza del Espíritu. De pronto recibieron una efusión del Espíritu Santo, la iniciativa como siempre es de Dios. Se empezaron a manifestar entre ellos los dones y carismas que vemos que se daban en algunas de las primeras comunidades cristianas como nos lo atestigua San Pablo en la carta a los Corintios.

Dice San Pablo en 1 Co 12,4-11: Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común, porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad.

Lo que sucedió en ese grupo de estudiantes y profesores es lo que cuenta aquí el Apóstol, la iniciativa es del Espíritu Santo que distribuye sus dones y carismas como quiere. En ese grupo a unos se les dio el carisma de profetizar, a otros el de la diversidad de lenguas, etc. El Espíritu Santo a partir de ese 1967 ha querido suscitar esta corriente de renovación en la Iglesia. De pronto comenzaron a aparecer grupos de oración que nadie planeaba, ni convocaba, se multiplicaron como pequeñas luces en un estadio. Era la libertad del Espíritu que estallaba por todas partes: "la libertad de los hijos de Dios". Con vitalidad sorprendente, la Renovación Carismática se ha difundido por todo el mundo, alcanzando en la Iglesia Católica la cifra de 72 millones.

Ahora la Renovación Carismática la forman grupos de todas las edades y condiciones -casados, solteros, religiosos, jóvenes y mayores- que desean vivir la buena noticia del Evangelio dando al mundo un testimonio de luz y esperanza.

Nunca hay que olvidar lo que nos dice el Catecismo en el nº 799: Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.

Los carismas no son superpoderes, son gracias que el Espíritu Santo otorga para la edificación de la Iglesia. Cuando se manifiestan en un grupo de la Renovación Carismática sólo se dan con ese fin, para la edificación de todos. Sería muy largo hablar aquí en qué consiste cada carisma. En la Renovación se da formación para profundizar más en ellos. Realmente los carismas no son lo más importante, lo que importa es la caridad, el ir creciendo en el amor a Dios y al prójimo.

Paso ahora a describir lo que se hace normalmente en un grupo de la Renovación. Se suele reunir el grupo cada semana. Se comienza con alabanza a Dios, con música, cantos y momentos de silencio. Se trata de alabar, adorar al único digno de adoración y para ello nos servimos de la música, el cuerpo es también muy importante para expresar la alabanza a Dios, ya sea bailando, de rodillas, con las manos extendidas o sentados. Canciones de todo tipo, se invoca mucho al Espíritu Santo. Luego se lee la Palabra de Dios y se comenta en el grupo. A continuación uno da la enseñanza sobre un tema de formación o vida espiritual. Sigue un rato de alabanza y música. Se finaliza con testimonios, avisos y un canto final. Cada semana el grupo se reúne en un día fijo, en una de esas semanas se celebra la Eucaristía, aunque esto depende de cada grupo. El grupo de la Renovación lo forman cristianos que están de por sí comprometidos en sus parroquias o en otras realidades de la Iglesia y que se juntan semanalmente para orar juntos mediante la alabanza a Dios, la lectura de la Palabra y la vida fraterna.

En cada grupo existen distintos servicios que se ejercen entre los miembros, librería, música, liturgia, intercesión, acogida, etc. En cada grupo hay unos responsables que son llamados servidores y que se encargan de coordinar la marcha del grupo.

Para los que empiezan la Renovación Carismática los llamados "Seminarios de vida en el Espíritu" para evangelizar con la fuerza del primer anuncio. El Espíritu se derrama con poder y nacen en los que los hacen conversiones radicales, vocaciones al sacerdocio, a la vida contemplativa. Compromisos con la sociedad, con los pobres, los presos, los enfermos. A lo largo de siete semanas, la trayectoria va del encuentro personal con Jesús, al descubrimiento de la Comunidad, para terminar con el compromiso ante la sociedad. Al final es imposible dejar de proclamar que Cristo vive hoy; que está a nuestro lado, que es nuestra vida.

Durante el año se organizan asambleas diocesanas, regionales y nacionales, son encuentros más grandes entre distintos grupos de la Renovación ya sea a nivel diocesano, por provincias o a nivel nacional.

La Iglesia y yo
Estuve varios años en el movimiento de cursillos de cristiandad. Más tarde conocí la Renovación y me sentí llamado a seguir creciendo en la fe en esa espiritualidad. Actualmente soy seminarista de 5º curso de Alcalá, preparándome para ser sacerdote si Dios quiere. Siendo seminarista colaboramos en distintas parroquias cada año con catequesis, grupos de jóvenes, visita a enfermos, etc. Participamos también en las oraciones y peregrinaciones de la diócesis. Ahora en el seminario no acudo a mi grupo de la Renovación porque tenemos otras tareas en el seminario, pero en verano suelo ir a la asamblea nacional donde se reúnen carismáticos de toda España en un encuentro multitudinario de tres días.

Para mí conocer la Iglesia ha sido tener vida y vida en abundancia, tener por tanto a Jesucristo, que es la razón de mi existir y lo mejor que me ha ocurrido. Es saberte parte de la gran familia de los hijos de Dios, en Ella aprendí y aprendo a caminar en comunidad, a crecer en el conocimiento de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. En Ella doy gracias por todos los regalos que Dios nos concede, regalos como son la multitud de movimientos y carismas que Dios nos da para la edificación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Una gran riqueza que aun se presenta como algo por descubrir entre los cristianos, vosotros en Grupo Circular estáis ayudando a dar a conocer esta enorme y maravillosa riqueza.

En la Renovación aprendí a descubrir la primacía de Dios en todo lo que vivimos, todo es presencia y gracia, Dios está continuamente acompañándonos y ayudándonos en este peregrinar de nuestra vida. En mi grupo crecí en el amor a la Biblia, a la Eucaristía, a la oración, a la alabanza y adoración, a la vida comunitaria y fraterna, a María.

Ahora que camino hacia el sacerdocio sólo puedo dar gracias a Dios por todo lo que me regala cada día. Lo he tenido todo, una buena carrera, un buen trabajo, amigos, un futuro prometedor, etc., pero sólo puedo decirte a ti, que estás leyendo estas líneas, que no hay nadie como Él, nada llena la vida como Él, la verdadera felicidad está en seguir el camino que Él quiera para ti sea cual sea. En definitiva buscar hacer su voluntad en todo, así serás libre y feliz. Vivir en comunión con Él.


Francisco Rodríguez González

Origen de la Renovación Carismática

¿Realmente quieres?


El bueno de S. Agustín
Si decimos que S. Agustín era un genio no decimos nada nuevo. Eso está por descontado. Si por algo destacó, además de por el hecho mismo de ser santo (que no es poca cosa), fue por su gran actividad intelectual. Pero también por su ejemplo de vida y conversión al Señor tras muchos años buscando la verdad. Y no sólo buscando la verdad; entre reflexión y reflexión, como él reconoce, vivió de muchos vicios, llegando a ser un verdadero esclavo de muchos de ellos. Sobre todo, quedó anclado en el ámbito de la lujuria, pecado que le acompañó muchos años y le presentó un terrible campo de lucha personal. Todo esto queda muy bien relatado en su famoso libro Confesiones, escrito en torno al año 400. Estos días estoy con él, ya que llevaba mucho tiempo queriendo echarle el guante, y me ha sorprendido con una idea sencilla que quiero compartir con vosotros.

La fuerza del deseo comprometido
Relatando sus fuertes luchas contra la tentación sexual, así como sus habituales caídas, S. Agustín nos recuerda algo elemental, y que posiblemente hemos perdido de vista. Sus consideraciones brotan de su lucha contra el apetito sexual, pero puede extrapolarse a cualquier combate interno contra un vicio que tengas. Mira a ver si puede ayudarte. El santo norteafricano explica que algo que le llamaba la atención era su incapacidad para trasladar un deseo a la realidad, es decir; quería superar su adicción, pero cada poco caía. Esto nos suena muy familiar. Agustín, reflexivo donde los haya, no comprendía por qué no era capaz de dominarse a sí mismo, por qué no era dueño de su voluntad en toda circunstancia, y por ende, de sus actos. Vivía una contradicción para la que no encontraba salida: quiero y no puedo. Entonces, cuenta cómo llegó a la conclusión que el fallo no eran sus fuerzas (pocas), sino su deseo. Examinando su corazón, no deseaba profundamente abandonar su vida de esclavo. Durante un tiempo, unos días, sí, podía tolerar y aceptar alejarse de las mujeres en el plano sexual, pero en lo más hondo de su ser se negaba a dejarlo para siempre. PARA SIEMPRE. Estas palabras son fuertes, no cabe duda. Intelectualmente, moralmente, conocía lo que tenía que hacer, y lo deseaba en buena medida. Pero subrepticiamente no estaba dispuesto a asumir las consecuencias últimas de su decisión. Eliminar el vicio para toda su vida sonaba fantástico, y lo deseaba racionalmente, pero no todo su ser. No quería aglutinar las fuerzas para afrontar que nunca jamás volvería a degustar los sinsabores de una vida sexual alejada de la verdad de su corazón y su felicidad. Era una agradable cadena, que aunque buscaba romper, siempre se decía a sí mismo “mañana empiezo”. Es un “quiero” pero “para luego”, algo que sabes que debes hacer pero no quieres reunir las fuerzas y el compromiso necesario, porque conoces perfectamente que será duro. Una vez más, el compromiso a asumir por un “para siempre” es duro, nos cuesta. Cuando S. Agustín dio con esta clave, por fin pudo luchar de verdad por terminar con algo que lo estaba matando vitalmente. Plantéate hasta qué punto no te pasa a ti eso también. A mí también me pasa con muchas cosas, y por ello el relato del santo me ha ayudado enormemente.

Por tanto…
Esto no debe hacernos creer que la vida cristiana es puro voluntarismo. Nada más lejos de la verdad, y menos en el caso de S. Agustín. Las fuerzas para superar nuestras esclavitudes vienen de Lo Alto siempre, es una cuestión de pedir al Señor. Pero al mismo tiempo, la clave para recibir su gracia es abrirse y ponerse en las Manos de Dios, y Él no puede actuar en contra nuestra: si nosotros no tenemos el firme compromiso de negarnos a nosotros mismos para nuestra obtener nuestra libertad, Él, respetando nuestra actitud, no interviene. Espera. Espera tu “sí” para poder acudir a ayudarte. Por esto, debes estar dispuesto a darlo todo, y a partir de ahí vendrá la ayuda de Dios, la que verdaderamente te empujará hacia la salida. Y claro, también puedes pedir, a su vez, que el Señor te de la fuerza suficiente para comprometerte. En definitiva, como decía un amigo mío, pon todos los medios humanos necesarios como si no existieran los divinos, y los divinos como si no existieran los humanos. Pedir y abrir el corazón a la espera de la gracia de Cristo resucitado.

Juan Pablo II y la Virgen María

El Papa responde en TV


Primera pregunta: El dolor del inocente
- Me llamo Elena, soy japonesa y tengo siete años. Tengo mucho miedo porque la casa en la que me sentía segura ha temblado muchísimo, y porque muchos niños de mi edad han muerto. No puedo ir a jugar al parque. Quiero preguntarle: ¿por qué tengo que pasar tanto miedo? ¿por qué los niños tienen que sufrir tanta tristeza? Le pido al Papa, que habla con Dios, que me lo explique.
- Querida Elena, te saludo con todo el corazón. También yo me pregunto: ¿por qué es así? ¿por qué vosotros tenéis que sufrir tanto mientras otros viven cómodamente? Y no tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a vuestro lado. Esto me parece muy importante, a pesar de que no tenemos respuestas, si la tristeza sigue: Dios está a vuestro lado y tenéis que estar seguros de que esto os ayudará. Y un día podremos comprender por qué ha sucedido esto. En este momento me parece importante que sepáis que ´Dios me ama´, aunque parezca que no me conoce. No, me ama, está a mi lado, y tenéis que estar seguros de que en el mundo, en el universo, hay tantas personas que están a vuestro lado, que piensan en vosotros, que hacen todo lo que pueden por vosotros, para ayudaros. Y ser conscientes de que, un día, yo comprenderé que este sufrimiento no era una cosa vacía, no era inútil, sino que detrás del sufrimiento hay un proyecto bueno, un proyecto de amor. No es una casualidad. Siéntete segura, estamos a tu lado, al lado de todos los niños japoneses que sufren, queremos ayudaros con la oración, con nuestros actos y debéis estar seguros de que Dios os ayuda. Y de este modo rezamos juntos para que la luz os llegue a vosotros cuanto antes.

Segunda pregunta
La segunda pregunta para el Santo Padre fue formulada por una madre italiana que se llama María Teresa y que tiene con un hijo en estado vegetativo.
- Santidad, el alma de mi hijo, Francesco, en estado vegetativo desde el día de Pascua del 2009, ¿ha abandonado su cuerpo, visto que está totalmente inconsciente, o está todavía en él?
- Ciertamente el alma está todavía presente en el cuerpo. La situación es un poco como la de una guitarra que tiene las cuerdas rotas y que no se puede tocar. Así también el instrumento del cuerpo es frágil, vulnerable, y el alma no puede tocar, por decirlo en algún modo, pero sigue presente. Estoy también seguro de que esta alma escondida siente con profundidad vuestro amor, a pesar de que no comprende los detalles, las palabras, etc., pero siente la presencia del amor. Y por esto esta presencia vuestra, queridos padres, querida mamá, junto a él, horas y horas cada día, es un verdadero acto de amor muy valioso, porque esta presencia entra en la profundidad de esta alma escondida y vuestro acto es un testimonio de fe en Dios, de fe en el hombre, de fe, digamos de compromiso a favor de la vida, de respeto por la vida humana, incluso en las situaciones más trágicas. Por esto os animo a proseguir, sabiendo que hacéis un gran servicio a la humanidad con este signo de confianza, con este signo de respeto de la vida, con este amor por un cuerpo lacerado, un alma que sufre.

Tercera pregunta: Cristianos perseguidos
La tercera pregunta de la entrevista fue formulada desde Irak. Desde Bagdad un grupo de jóvenes cristianos perseguidos le preguntan:
- Saludamos al Santo padre desde Irak. Nosotros, cristianos de Bagdad somos perseguidos como Jesús. Santo Padre, ¿en qué modo podemos ayudar a nuestra comunidad cristiana para que reconsideren el deseo de emigrar a otros países, convenciéndoles de que marcharse no es la única solución?
- Quisiera en primer lugar saludar con todo el corazón a todos los cristianos de Irak, nuestros hermanos, y tengo que decir que rezo cada día por los cristianos de Irak. Son nuestros hermanos que sufren, como también en otras tierras del mundo, y por esto los siento especialmente cercanos a mi corazón y, en la medida de nuestras posibilidades, tenemos que hacer todo lo posible para que puedan resistir a la tentación de emigrar, que –en las condiciones en las que viven- resulta muy comprensible.
Diría que es importante que estemos cerca de vosotros, queridos hermanos de Irak, que queramos ayudaros y cuando vengáis, recibiros realmente como hermanos. Y naturalmente, las instituciones, todos los que tienen una posibilidad de hacer algo por Irak, deben hacerlo. La Santa Sede está en permanente contacto con las distintas comunidades, no solo con las comunidades católicas, sino también con las demás comunidades cristianas, con los hermanos musulmanes, sean chiitas o sunitas. Y queremos hacer un trabajo de reconciliación, de comprensión, también con el gobierno, ayudarle en este difícil camino de recomponer una sociedad desgarrada. Porque este es el problema, que la sociedad está profundamente dividida, lacerada, ya no tienen esta conciencia: "Nosotros somos en la diversidad un pueblo con una historia común, en el que cada uno tiene su sitio". Y tienen que reconstruir esta conciencia que, en la diversidad, tienen una historia común, una común determinación. Y nosotros queremos, en diálogo precisamente con los distintos grupos, ayudar al proceso de reconstrucción y animaros a vosotros, queridos hermanos cristianos de Irak, a tener confianza, a tener paciencia, a tener confianza en Dios, a colaborar en este difícil proceso. Tened la seguridad de nuestra oración.

Cuarta pregunta: "Salam aleikum"
La siguiente pregunta fue hecha por una mujer musulmana de la Costa de Marfil, un país en guerra desde hace años. Saluda en árabe al pontífice: "Que Dios esté en medio de todas las palabras que nos diremos y que Dios esté contigo".
- Querido Santo Padre, aquí en Costa de Marfil hemos vivido siempre en armonía entre cristianos y musulmanes. A menudo, las familias están formadas por miembros de ambas religiones; existe también una diversidad de etnias, pero nunca hemos tenido problemas. Ahora todo ha cambiado: la crisis que vivimos, causada por la política, está sembrando divisiones. ¡Cuántos inocentes han perdido la vida! ¡Cuántos prófugos, cuántas madres y cuántos niños traumatizados! Los mensajeros han exhortado a la paz, los profetas han exhortado a la paz. Jesús es un hombre de paz. Usted, en cuanto embajador de Jesús, ¿qué aconsejaría a nuestro país?
- Quiero contestar al saludo: que Dios esté también contigo, y siempre te ayude. Y tengo que decir que he recibido cartas desgarradoras de la Costa de Marfil, donde veo toda la tristeza, la profundidad del sufrimiento, y me quedo triste porque podemos hacer tan poco. Siempre podemos hacer una cosa: orar con vosotros, y en la medida de lo posible, hacer obras de caridad, y sobre todo queremos colaborar, según nuestras posibilidades, en los contactos políticos, humanos.
He encargado al cardenal Tuckson, que es presidente de nuestro Consejo de Justicia y Paz, que vaya a Costa de Marfil e intente mediar, hablar con los diversos grupos, con las distintas personas, para facilitar un nuevo comienzo. Y sobre todo queremos hacer oír la voz de Jesús, en el que Vd. también cree como profeta. Él era siempre el hombre de la paz. Se podía pensar que, cuando Dios vino a la tierra, lo haría como un hombre de gran fuerza, que destruiría las potencias adversarias, que sería un hombre de una fuerte violencia como instrumento de paz. Nada de esto: vino débil, vino solo con la fuerza del amor, totalmente sin violencia hasta ir a la cruz. Y esto nos muestra el verdadero rostro de Dios, y que la violencia no viene nunca de Dios, nunca ayuda a producir cosas buenas, sino que es un medio destructivo y no es el camino para salir de las dificultades.
Es una fuerte voz contra todo tipo de violencia. Invito fuertemente a todas las partes a renunciar a la violencia, a buscar las vías de la paz. Para la recomposición de vuestro pueblo no podéis usar medios violentos, aunque penséis tener razón. La única vía es la renuncia a la violencia, recomenzar el diálogo, los intentos de encontrar juntos la paz, una nueva atención de los unos hacia los otros, la nueva disponibilidad a abrirse el uno al otro. Y este, querida señora, es el verdadero mensaje de Jesús: buscad la paz con los medios de la paz y abandonad la violencia. Rezamos por vosotros para que todos los componentes de vuestra sociedad sientan esta voz de Jesús y así vuelva la paz y la comunión.

Quinta pregunta: La muerte y la resurrección de Jesús
- Santidad: ¿Qué hizo Jesús en el lapso de tiempo entre la muerte y la resurrección? Y, ya que en el Credo se dice que Jesús después de la muerte descendió a los infiernos: ¿Podemos pensar que es algo que nos pasará también a nosotros, después de la muerte, antes de ascender al Cielo?
- En primer lugar, este descenso del alma de Jesús no debe imaginarse como un viaje geográfico, local, de un continente a otro. Es un viaje del alma. Hay que tener en cuenta que siempre el alma de Jesús siempre toca al Padre, está siempre en contacto con el Padre, pero al mismo tiempo, esta alma humana se extiende hasta los últimos confines del ser humano. En este sentido, baja a las profundidades, va hacia los perdidos, se dirige a todos aquellos que no han alcanzado la meta de sus vidas, y trasciende así los continentes del pasado. Esta palabra del descenso del Señor a los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta, sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los tiempos.
Dicen los Padres, con una imagen muy hermosa, que Jesús toma de la mano a Adán y Eva, es decir, a la humanidad, y la encamina hacia adelante, hacia las alturas. Y así crea el acceso a Dios, porque el hombre, por sí mismo, no puede elevarse a la altura de Dios. Jesús mismo, siendo un hombre, tomando de las manos al hombre, abre el acceso. ¿Qué acceso? La realidad que llamamos cielo. Así, este descenso a los infiernos, es decir, en las profundidades del ser humano, en las profundidades del pasado de la humanidad, es una parte esencial de la misión de Jesús, de su misión de Redentor y no se aplica a nosotros. Nuestra vida es diferente, el Señor ya nos ha redimido y nos presentamos al Juez, después de nuestra muerte, bajo la mirada de Jesús, y esta mirada en parte será purificadora: creo que todos nosotros, en mayor o menor medida, necesitaremos ser purificados. La mirada de Jesús nos purifica y además nos hace capaces de vivir con Dios, de vivir con los santos, sobre todo de vivir en comunión con nuestros seres queridos que nos han precedido.

Sexta pregunta: El cuerpo glorioso
- Santidad, cuando las mujeres llegan al sepulcro, el domingo después de la muerte de Jesús, no reconocen al Maestro, lo confunden con otro. Lo mismo les pasa a los Apóstoles: Jesús tiene que enseñarles las heridas, partir el pan para que le reconozcan precisamente por sus gestos. El suyo es un cuerpo real de carne y hueso, pero también un cuerpo glorioso. El hecho de que su cuerpo resucitado no tenga las mismas características que antes, ¿qué significa? ¿Y qué significa, exactamente, "cuerpo glorioso"? ¿Y la resurrección, será también así para nosotros?
- Naturalmente, no podemos definir el cuerpo glorioso porqué está más allá de nuestra experiencia. Sólo podemos interpretar algunos de los signos que Jesús nos dio para entender, al menos un poco, hacia dónde apunta esta realidad. El primer signo: el sepulcro está vacío. Es decir, Jesús no abandonó su cuerpo a la corrupción, nos ha enseñado que también la materia está destinada a la eternidad, que resucitó realmente, que no ha quedado perdido. Jesús asumió también la materia, por lo que la materia está también destinada a la eternidad. Pero asumió esta materia en una nueva forma de vida, este es el segundo punto: Jesús no muere más, es decir: está más allá de las leyes de la biología, de la física, porque los sometidos a ellas mueren.
Por lo tanto, hay una condición nueva, diversa, que no conocemos, pero que se revela en lo sucedido a Jesús, y esa es la gran promesa para todos nosotros de que hay un mundo nuevo, una nueva vida, hacia la que estamos encaminados. Y, estando ya en esa condición, para Jesús es posible que los otros lo toquen, puede dar la mano a sus amigos y comer con ellos, pero, sin embargo, está más allá de las condiciones de la vida biológica, como la que nosotros vivimos. Y sabemos que, por una parte, es un hombre real, no un fantasma, vive una vida real, pero es una vida nueva que ya no está sujeta a la muerte y esa es nuestra gran promesa. Es importante entender esto, al menos por lo que se pueda, con el ejemplo de la Eucaristía: en la Eucaristía, el Señor nos da su cuerpo glorioso, no nos da carne para comer en sentido biológico; se nos da Él mismo; lo nuevo que es Él, entra en nuestro ser hombres y mujeres, en el nuestro, en mi ser persona, como persona y llega a nosotros con su ser, de modo que podemos dejarnos penetrar por su presencia, transformarnos en su presencia.
Es un punto importante, porque así ya estamos en contacto con esta nueva vida, este nuevo tipo de vida, ya que Él ha entrado en mí, y yo he salido de mí y me extiendo hacia una nueva dimensión de vida. Pienso que este aspecto de la promesa, de la realidad que Él se entrega a mí y me hace salir de mí mismo, me eleva, sea la cuestión más importante: no se trata de descifrar cosas que no podemos entender sino de encaminarnos hacia la novedad que comienza, siempre, de nuevo, en la Eucaristía.

Séptima pregunta: María
- Santo Padre, la última pregunta es acerca de María. A los pies de la Cruz, hay un conmovedor diálogo entre Jesús, su madre y Juan, en el que Jesús dice a María "he aquí a tu hijo" y a Juan, "he aquí a tu madre". En su último libro, "Jesús de Nazaret", lo define como "una disposición final de Jesús". ¿Cómo debemos entender estas palabras? ¿Qué significado tenían en aquel momento y que significado tienen hoy en día? Y ya que estamos en tema de confiar. ¿Piensa renovar una consagración a la Virgen en el inicio de este nuevo milenio?
- Estas palabras de Jesús son ante todo un acto muy humano. Vemos a Jesús como un hombre verdadero que lleva a cabo un gesto de verdadero hombre: un acto de amor por su madre confiándola al joven Juan para que esté segura. En aquella época en Oriente una mujer sola se encontraba en una situación imposible. Confía su madre a este joven y a él le confía su madre. Jesús realmente actúa como un hombre con un sentimiento profundamente humano. Me parece muy hermoso, muy importante que antes de cualquier teología veamos aquí la verdadera humanidad, el verdadero humanismo de Jesús. Pero por supuesto este gesto tiene varias dimensiones, no atañe solo a ese momento: concierne a toda la historia.
En Juan, Jesús confía a todos nosotros, a toda la Iglesia, a todos los futuros discípulos a su madre y su madre a nosotros. Y esto se ha cumplido a lo largo de la historia: la humanidad y los cristianos han entendido cada vez más que la madre de Jesús es su madre. Y cada vez más personas se han confiado a su Madre: basta pensar en los grandes santuarios, en esta devoción a María, donde cada vez más la gente siente: "Esta es la Madre". E incluso algunos que casi tienen dificultad para llegar a Jesús en su grandeza del Hijo de Dios, se confían a la Madre sin dificultad. Algunos dicen: "Pero eso no tiene fundamento bíblico". Aquí me gustaría responder con San Gregorio Magno: _"A medida que se lee - dice - crecen las palabras de la Escritura". Es decir, se desarrollan en la realidad, crecen, y cada vez más en la historia se difunde esta Palabra. Todos podemos estar agradecidos porque la Madre es una realidad, a todos nos han dado una madre. Y podemos dirigirnos con mucha confianza a esta madre, que para cada cristiano es su Madre.
Por otro lado la Madre es también expresión de la Iglesia. No podemos ser cristianos solos, con un cristianismo construido según mis ideas. La Madre es imagen de la Iglesia, de la Madre Iglesia y confiándonos a María, también tenemos que confiarnos a la Iglesia, vivir la Iglesia, ser Iglesia con María. Llego ahora al tema de la consagración: los papas - Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II - hicieron un gran acto de consagración a la Virgen María y creo que, como gesto ante la humanidad, ante María misma, fue muy importante. Yo creo que ahora sea importante interiorizar ese acto, dejar que nos penetre, para realizarlo en nosotros mismos. Por eso he visitado algunos de los grandes santuarios marianos del mundo: Lourdes, Fátima, Czestochowa, Altötting..., siempre con el fin de hacer concreto, de interiorizar ese acto de consagración, para que sea realmente un acto nuestro.
Creo que el acto grande, público, ya se ha hecho. Tal vez algún día habrá que repetirlo, pero por el momento me parece más importante vivirlo, realizarlo, entrar en esta consagración para hacerla nuestra verdaderamente. Por ejemplo, en Fátima, me di cuenta de cómo los miles de personas presentes eran conscientes de esa consagración, se habían confiado, encarnándola en sí mismos, para sí mismos. Así esa consagración se hace realidad en la Iglesia viva y así crece también la Iglesia. La entrega a María, el que todos nos dejemos penetrar y formar por esa presencia, el entrar en comunión con María, nos hace Iglesia, nos hace, junto con María, realmente esposa de Cristo. De modo que, por ahora, no tengo intención de una nueva consagración pública, pero si quisiera invitar a todos a incorporarse a esa consagración que ya está hecha, para que la vivamos verdaderamente día tras día y crezca así una Iglesia realmente mariana que es Madre y Esposa e Hija de Jesús.