24/10/11
Ser catequista… ser Cristo
Antes o después casi todo el mundo pasa por la experiencia de dar catequesis. Habitualmente todo empieza porque un párroco o alguien que se encarga de la formación de un puñado de chavales necesita ayuda para enseñar a los chicos. Es típico que uno se decida porque se lo piden abiertamente, y en un espíritu de generosidad, se lance al ruedo. En algunos otros casos surge por la inquietud personal o gusto hacia el hecho de trabajar con gente joven, o muy joven. Sea como fuere, no nos engañemos, la figura del catequista está, a menudo, muy manoseada y poco valorada. No porque en la Iglesia se menosprecie (¡que se lo digan a un párroco!), sino porque los mismos catequistas no se lo toman demasiado en serio. No digo que todos, ¡Dios me libre! He conocido catequistas fantásticos. Pero damas y caballeros, ya se sabe las coñas que circulan sobre los monaguillos y los catequistas. Digamos simplemente que el chascarrillo hace referencia a la poca integridad de muchos catequistas.
Lo admito, no tengo pruebas documentales de lo que digo. Tan sólo me muevo por rumores, experiencias personales y sensaciones que percibes por gente que has conocido. También quizás por lo que gente me ha comentado al respecto en su experiencia. A lo mejor soy yo que sólo he visto la cara fea de muchos catequistas. Sólo Dios sabe. Lo que tengo meridianamente tan claro como la inocencia de Contador es que la figura del catequista debe ennoblecerse de nuevo, debe recuperar unas dosis de dignificación que ha ido perdiendo progresivamente. Me explico, a ver si soy capaz.
Dar catequesis… ¿qué es? Existe una especie de consenso internacional que apunta a que dar catequesis es = dar chapa. Es la mentalidad de que la catequesis es una clase de religión: me preparo una explicación de los Mandamientos así “mal que bien” y pa’lante. Explico cosas que tienen que ver poco conmigo, que son externas a lo que de verdad me importa o configura mi verdadero yo. Me pongo mi ropa dominguera y me transformo en el yo “católico”-bueno-cara de no rompo un plato. Mi labor comprende desde que entro en la sala hasta que salgo de ella. Lo que ocurre en el interior no trasciende. Para los chavales quizás sí, aunque yo no lo sepa. A mi plin (bueno va, quizás le dedique un rato mayor de atención para preparar la sopa de letras sobre los sacramentos). Luego, en mi vida real… ¿Mandaqué? ¿Jesuquién? Oye tío, relaja que estamos a lunes. Lo que predico se queda dentro de clase. Yo no vivo lo que predico. Pero cuidado, que soy mil de bueno con los efectos especiales que hago con la boca cuando explico la Creación, mis niños se quedan to’ locos.
Sí, he sido exagerado. No he conocido a nadie que llegue a tal extremo. Pero casi. Me duele en el alma cada vez que alguien que actualmente no tiene fe, me dice: “¿mis catequistas?… los peores: tenían unos rollos, unas movidas… ejemplos de nada”. Esto sí puedo dar fe de haberlo oído. También he visto catequistas que no viven ni por asomo muchas cosas de las que dicen. Pero claro, si la mentalidad es la de que el objetivo es que cuando les pregunte el señor vicario que les confirma sepan contestar a las intrincadas preguntas sobre el Espíritu Santo, apaga y vámonos.
¿Quién es el catequista? Todo cristiano por el bautismo está llamado a ser otro Cristo, a que Cristo llegue a los demás a través suyo, a quedar transfigurado en el Señor. El catequista, de una forma muy especial, está llamado a ser Cristo para sus chicos. No es el profe de religión. No transmite conocimientos sin más: transmite experiencia vivida de relación con el Señor. Ayuda a que los niños (o jóvenes) se acerquen a Jesús; les entrega las herramientas para que puedan tener un encuentro personal con Dios Padre. El resto son memadas y trucos de magia. Para toda esta tarea, no enseña con la palabra (que también, no pienses que no se debe preparar las catequesis), sino con la vida. Con su ejemplo, con su testimonio existencial. El modelo de catequista, amigos, es Cristo. Su vida fue una gran catequesis (entre otras cosas). El ejemplo de cómo debe ser persona de forma plena, está en Jesús. Pero también el ejemplo de cómo ser pastor de rebaño: Cristo enseñaba, efectivamente, pero lo que a la gente le sorprendía, y por lo que le seguían, era por la autoridad con la que enseñaba. Autoridad entendida no con que llevase una vara para pegar a los alumnos cada vez que fallaban la respuesta. Por autoridad se entiende que su vida respaldaba lo que decía. Tenía autoridad porque vivía lo predicado, porque sus obras y su forma de ser era la verdadera catequesis hecha acto. Hablaba, pero sobre todo obraba. Y era tal la admiración que causaba, que irresistiblemente le seguían. Era verdadero pastor que apacienta a sus ovejas.
Ser catequista no es fácil
Lo sé. Yo también soy un puñetero desastre. También me cuesta rezar, y el despertador ya no me toma en serio. A veces se me olvida el cumpleaños de alguno de mis muchachos, o me cuesta encontrar un hueco para prepararme la próxima reunión. Pero estoy en paz: Jesús cuenta con ello, porque cuenta conmigo. Ser catequista no es fácil, pero es precioso. Trasciende la clasecita de por qué matar a mis padres no es del todo positivo para mi formación personal. Es dar lo mejor de sí, es volcarse a tope con tu rebaño. Es buscar más a Dios en tu vida, todos los días, para poder darlo a conocer después a tus chavales. Sinceramente, en estos años de catequesis, creo que he crecido más que ellos. En definitiva, ser catequista es parte de tu vocación, es una misión divina. No es hacer un favor a alguien sin más. O pones todo tu corazón y cabeza en esa labor, o mejor que cuelgues las botas ipso facto.
Ser catequista, además, es clave para el futuro de la Iglesia. El catequista es el que enseña a los jóvenes cómo hacerse adultos en la fe. Eso no se hace tan sólo con teoría, sino con vida compartida: catequesis, excursiones, campamentos, cenas… ¡qué narices (…) todo lo que haces con ellos es una catequesis de vida, que es lo que cuenta!
Algo que puede ayudar a no hundirse ante la magnitud de la tarea es el saberse elegido por Dios. Dios te quiso a ti, y no a otro, para enseñar a estos muchachos el camino del amor a Dios. Si tú no lo haces, nadie lo hará por ti. Que el Señor haya apostado tan fuerte por ti, siendo omnisapiente como es, le deja a uno más tranquilo, le enorgullece, le llena de ilusión el corazón.
Al menos yo así lo vivo. Si a alguien le sirve, bendito sea el Señor.
Renovación Carismática: “Conocer la Iglesia ha sido tener vida en abundancia”
Para empezar me gustaría decir que la Renovación Carismática no es un movimiento como tal. La Renovación Carismática es "una corriente de gracia" que renueva en la sociedad actual los dones y carismas de la primera comunidad cristiana.
La conocí porque me invitaron unos amigos a ir un día a un grupo. Me llamaba la atención, había oído hablar de ella, y para ser sincero fui a ese grupo con algún que otro prejuicio, me habían dicho que los carismáticos eran unos exaltados, levantaban las manos, cantaban y bailaban muy efusivamente, algunos se ponían a hablar cosas extrañas, etc. Como siempre nos pasa, nos dejamos llevar fácilmente por aquello que nos cuentan sin haberlo vivido antes personalmente. Puedo decir que me gustó mucho más de lo que me esperaba, desde entonces me sentí muy llamado a continuar profundizando y creciendo dentro de esta realidad de la Iglesia.
Lo que más me ha aportado en mi vida espiritual es el descubrir la importancia de la alabanza a Dios mediante la música de una manera nueva y la presencia de la Persona del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia con sus dones y carismas. La Persona del Espíritu Santo sigue siendo muy desconocida entre los cristianos.
¿De qué va todo esto?
No tiene fundador, pues no es un movimiento. Es Dios mismo quien ha querido suscitar esta corriente de gracia en estos tiempos. La historia de la Renovación Carismática Católica está unida al concilio Vaticano II y al papel que en él se asigna a los laicos dentro de la Iglesia. Para comprender la Renovación en el Espíritu, hay que asomarse a la experiencia de los Apóstoles en Pentecostés. El Cenáculo es el lugar donde los cristianos se dejan transformar por la oración, en torno a María, para acoger al Espíritu.
El 18 de febrero de 1.967, treinta estudiantes y profesores de la universidad de Duquesne en Pensylvania, hacían un retiro espiritual para profundizar en la fuerza del Espíritu. De pronto recibieron una efusión del Espíritu Santo, la iniciativa como siempre es de Dios. Se empezaron a manifestar entre ellos los dones y carismas que vemos que se daban en algunas de las primeras comunidades cristianas como nos lo atestigua San Pablo en la carta a los Corintios.
Dice San Pablo en 1 Co 12,4-11: Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común, porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad.
Lo que sucedió en ese grupo de estudiantes y profesores es lo que cuenta aquí el Apóstol, la iniciativa es del Espíritu Santo que distribuye sus dones y carismas como quiere. En ese grupo a unos se les dio el carisma de profetizar, a otros el de la diversidad de lenguas, etc. El Espíritu Santo a partir de ese 1967 ha querido suscitar esta corriente de renovación en la Iglesia. De pronto comenzaron a aparecer grupos de oración que nadie planeaba, ni convocaba, se multiplicaron como pequeñas luces en un estadio. Era la libertad del Espíritu que estallaba por todas partes: "la libertad de los hijos de Dios". Con vitalidad sorprendente, la Renovación Carismática se ha difundido por todo el mundo, alcanzando en la Iglesia Católica la cifra de 72 millones.
Ahora la Renovación Carismática la forman grupos de todas las edades y condiciones -casados, solteros, religiosos, jóvenes y mayores- que desean vivir la buena noticia del Evangelio dando al mundo un testimonio de luz y esperanza.
Nunca hay que olvidar lo que nos dice el Catecismo en el nº 799: Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.
Los carismas no son superpoderes, son gracias que el Espíritu Santo otorga para la edificación de la Iglesia. Cuando se manifiestan en un grupo de la Renovación Carismática sólo se dan con ese fin, para la edificación de todos. Sería muy largo hablar aquí en qué consiste cada carisma. En la Renovación se da formación para profundizar más en ellos. Realmente los carismas no son lo más importante, lo que importa es la caridad, el ir creciendo en el amor a Dios y al prójimo.
Paso ahora a describir lo que se hace normalmente en un grupo de la Renovación. Se suele reunir el grupo cada semana. Se comienza con alabanza a Dios, con música, cantos y momentos de silencio. Se trata de alabar, adorar al único digno de adoración y para ello nos servimos de la música, el cuerpo es también muy importante para expresar la alabanza a Dios, ya sea bailando, de rodillas, con las manos extendidas o sentados. Canciones de todo tipo, se invoca mucho al Espíritu Santo. Luego se lee la Palabra de Dios y se comenta en el grupo. A continuación uno da la enseñanza sobre un tema de formación o vida espiritual. Sigue un rato de alabanza y música. Se finaliza con testimonios, avisos y un canto final. Cada semana el grupo se reúne en un día fijo, en una de esas semanas se celebra la Eucaristía, aunque esto depende de cada grupo. El grupo de la Renovación lo forman cristianos que están de por sí comprometidos en sus parroquias o en otras realidades de la Iglesia y que se juntan semanalmente para orar juntos mediante la alabanza a Dios, la lectura de la Palabra y la vida fraterna.
En cada grupo existen distintos servicios que se ejercen entre los miembros, librería, música, liturgia, intercesión, acogida, etc. En cada grupo hay unos responsables que son llamados servidores y que se encargan de coordinar la marcha del grupo.
Para los que empiezan la Renovación Carismática los llamados "Seminarios de vida en el Espíritu" para evangelizar con la fuerza del primer anuncio. El Espíritu se derrama con poder y nacen en los que los hacen conversiones radicales, vocaciones al sacerdocio, a la vida contemplativa. Compromisos con la sociedad, con los pobres, los presos, los enfermos. A lo largo de siete semanas, la trayectoria va del encuentro personal con Jesús, al descubrimiento de la Comunidad, para terminar con el compromiso ante la sociedad. Al final es imposible dejar de proclamar que Cristo vive hoy; que está a nuestro lado, que es nuestra vida.
Durante el año se organizan asambleas diocesanas, regionales y nacionales, son encuentros más grandes entre distintos grupos de la Renovación ya sea a nivel diocesano, por provincias o a nivel nacional.
La Iglesia y yo
Estuve varios años en el movimiento de cursillos de cristiandad. Más tarde conocí la Renovación y me sentí llamado a seguir creciendo en la fe en esa espiritualidad. Actualmente soy seminarista de 5º curso de Alcalá, preparándome para ser sacerdote si Dios quiere. Siendo seminarista colaboramos en distintas parroquias cada año con catequesis, grupos de jóvenes, visita a enfermos, etc. Participamos también en las oraciones y peregrinaciones de la diócesis. Ahora en el seminario no acudo a mi grupo de la Renovación porque tenemos otras tareas en el seminario, pero en verano suelo ir a la asamblea nacional donde se reúnen carismáticos de toda España en un encuentro multitudinario de tres días.
Para mí conocer la Iglesia ha sido tener vida y vida en abundancia, tener por tanto a Jesucristo, que es la razón de mi existir y lo mejor que me ha ocurrido. Es saberte parte de la gran familia de los hijos de Dios, en Ella aprendí y aprendo a caminar en comunidad, a crecer en el conocimiento de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. En Ella doy gracias por todos los regalos que Dios nos concede, regalos como son la multitud de movimientos y carismas que Dios nos da para la edificación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Una gran riqueza que aun se presenta como algo por descubrir entre los cristianos, vosotros en Grupo Circular estáis ayudando a dar a conocer esta enorme y maravillosa riqueza.
En la Renovación aprendí a descubrir la primacía de Dios en todo lo que vivimos, todo es presencia y gracia, Dios está continuamente acompañándonos y ayudándonos en este peregrinar de nuestra vida. En mi grupo crecí en el amor a la Biblia, a la Eucaristía, a la oración, a la alabanza y adoración, a la vida comunitaria y fraterna, a María.
Ahora que camino hacia el sacerdocio sólo puedo dar gracias a Dios por todo lo que me regala cada día. Lo he tenido todo, una buena carrera, un buen trabajo, amigos, un futuro prometedor, etc., pero sólo puedo decirte a ti, que estás leyendo estas líneas, que no hay nadie como Él, nada llena la vida como Él, la verdadera felicidad está en seguir el camino que Él quiera para ti sea cual sea. En definitiva buscar hacer su voluntad en todo, así serás libre y feliz. Vivir en comunión con Él.
Francisco Rodríguez González
¿Realmente quieres?
El bueno de S. Agustín
Si decimos que S. Agustín era un genio no decimos nada nuevo. Eso está por descontado. Si por algo destacó, además de por el hecho mismo de ser santo (que no es poca cosa), fue por su gran actividad intelectual. Pero también por su ejemplo de vida y conversión al Señor tras muchos años buscando la verdad. Y no sólo buscando la verdad; entre reflexión y reflexión, como él reconoce, vivió de muchos vicios, llegando a ser un verdadero esclavo de muchos de ellos. Sobre todo, quedó anclado en el ámbito de la lujuria, pecado que le acompañó muchos años y le presentó un terrible campo de lucha personal. Todo esto queda muy bien relatado en su famoso libro Confesiones, escrito en torno al año 400. Estos días estoy con él, ya que llevaba mucho tiempo queriendo echarle el guante, y me ha sorprendido con una idea sencilla que quiero compartir con vosotros.
La fuerza del deseo comprometido
Relatando sus fuertes luchas contra la tentación sexual, así como sus habituales caídas, S. Agustín nos recuerda algo elemental, y que posiblemente hemos perdido de vista. Sus consideraciones brotan de su lucha contra el apetito sexual, pero puede extrapolarse a cualquier combate interno contra un vicio que tengas. Mira a ver si puede ayudarte. El santo norteafricano explica que algo que le llamaba la atención era su incapacidad para trasladar un deseo a la realidad, es decir; quería superar su adicción, pero cada poco caía. Esto nos suena muy familiar. Agustín, reflexivo donde los haya, no comprendía por qué no era capaz de dominarse a sí mismo, por qué no era dueño de su voluntad en toda circunstancia, y por ende, de sus actos. Vivía una contradicción para la que no encontraba salida: quiero y no puedo. Entonces, cuenta cómo llegó a la conclusión que el fallo no eran sus fuerzas (pocas), sino su deseo. Examinando su corazón, no deseaba profundamente abandonar su vida de esclavo. Durante un tiempo, unos días, sí, podía tolerar y aceptar alejarse de las mujeres en el plano sexual, pero en lo más hondo de su ser se negaba a dejarlo para siempre. PARA SIEMPRE. Estas palabras son fuertes, no cabe duda. Intelectualmente, moralmente, conocía lo que tenía que hacer, y lo deseaba en buena medida. Pero subrepticiamente no estaba dispuesto a asumir las consecuencias últimas de su decisión. Eliminar el vicio para toda su vida sonaba fantástico, y lo deseaba racionalmente, pero no todo su ser. No quería aglutinar las fuerzas para afrontar que nunca jamás volvería a degustar los sinsabores de una vida sexual alejada de la verdad de su corazón y su felicidad. Era una agradable cadena, que aunque buscaba romper, siempre se decía a sí mismo “mañana empiezo”. Es un “quiero” pero “para luego”, algo que sabes que debes hacer pero no quieres reunir las fuerzas y el compromiso necesario, porque conoces perfectamente que será duro. Una vez más, el compromiso a asumir por un “para siempre” es duro, nos cuesta. Cuando S. Agustín dio con esta clave, por fin pudo luchar de verdad por terminar con algo que lo estaba matando vitalmente. Plantéate hasta qué punto no te pasa a ti eso también. A mí también me pasa con muchas cosas, y por ello el relato del santo me ha ayudado enormemente.
Por tanto…
Esto no debe hacernos creer que la vida cristiana es puro voluntarismo. Nada más lejos de la verdad, y menos en el caso de S. Agustín. Las fuerzas para superar nuestras esclavitudes vienen de Lo Alto siempre, es una cuestión de pedir al Señor. Pero al mismo tiempo, la clave para recibir su gracia es abrirse y ponerse en las Manos de Dios, y Él no puede actuar en contra nuestra: si nosotros no tenemos el firme compromiso de negarnos a nosotros mismos para nuestra obtener nuestra libertad, Él, respetando nuestra actitud, no interviene. Espera. Espera tu “sí” para poder acudir a ayudarte. Por esto, debes estar dispuesto a darlo todo, y a partir de ahí vendrá la ayuda de Dios, la que verdaderamente te empujará hacia la salida. Y claro, también puedes pedir, a su vez, que el Señor te de la fuerza suficiente para comprometerte. En definitiva, como decía un amigo mío, pon todos los medios humanos necesarios como si no existieran los divinos, y los divinos como si no existieran los humanos. Pedir y abrir el corazón a la espera de la gracia de Cristo resucitado.
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