23/10/11

"Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen” (Mt 5, 45)


Tensión en la Universidad
Los sucesos de las últimas semanas en la Universidad han llenado, para muchos, de polémica y malestar el quehacer cotidiano del universitario. Para otros, quizás, fue un momento de diversión, una oportunidad de “jugar” a ser comprometidos políticos. Para un último grupo, una ocasión para aprender a amar más. Estas tres actitudes son las que fundamentalmente he podido reconocer en mi facultad, Geografía e Historia de la Complutense.

No hace falta que narre aquí lo que ocurrió con todo lujo de detalles. Especialmente cuando desconozco buena parte de ellos, y me parecería injusto con la verdad que “adapte” la historia a lo que recuerdo, o a lo que me conviniese, como ya han hecho casi todos los medios. Lo que sí que es por todos bien sabido, es lo que sucedió en la capilla de Somosaguas. Condenable, sin duda. Eso está en las antípodas de una democrática libertad de expresión. Pero de esto ya se ha hablado suficiente. Quizás sea más desconocido otro hecho un tanto perverso: a la semana siguiente ciertas personas “reaccionaron” ante los hechos de una forma expeditiva. Se presentaron en mi facultad y se enfrentaron a los grupos y asociaciones que defendían los sucesos de Somosaguas por medio de carteles; algunos, no obstante, ciertamente ofensivos. El resultado no podía ser otro: empujones, gritos y policía. Lo clásico. Paralelamente, se hacía una Misa de desagravio en Somosaguas, y en el Seminario de Madrid, nuestros futuros sacerdotes (si Dios quiere), ofrecían una vela al Santísimo también como desagravio. Finalmente, el martes siguiente se convocó una cacerolada en el hall de mi facultad para pedir el cierre inmediato de la capilla. Por fortuna, no superó el grado de cierta exaltación verbal.

¿Existe militancia cristiana?
A mi humilde entender, uno ante estas cosas puede responder de forma humana, mundana. Con el ojo por ojo y el diente por diente. Con el “a mi no me pisan”. O el, “ésta me la pagan, se van a enterar”. Es la reacción más inmediata que todos podemos experimentar. Y es la que explica que viniera un grupo de gente a la facultad a enfrentarse a golpes con los otros, muchos de ellos titulándose como católicos. Porque se consideran enemigos ideológicos irreconciliables. Sin embargo, esto sólo provoca más tensión y broncas. No es una salida cristiana, ni tan siquiera civilizada. No lleva a nada.

Otra posibilidad, más mesurada, es una especie de militancia democrática: acudir a algún acto a modo de protesta o apoyo a alguien. Dicen que en la Misa de desagravio de Somosaguas hubo cientos de personas. Es una respuesta legítima y buena. El sentido de ofrecer una Eucaristía como desagravio por lo sucedido, es algo bastante encomiable. Sin embargo, no me deja de sorprender la masiva participación en el acto. No recuerdo que hubiera tantos católicos que vayan a Misa los viernes a la Universidad. Y comparado con ese número, descubrí bastantes menos en la capilla de la facultad haciendo vela con el Señor por si decidían entrar, aquella semana de gran tensión. Podría ser que yo sea un mal pensado, pero sospecho que es fácil y habitual encontrarse con muchas personas que acuden a las convocatorias masivas. En cambio, no tantas que están día a día respondiendo en lo cotidiano y concreto, sin necesidad de formar parte de una masa. Sin honores ni reconocimientos.

Ser cristiano tiene bastante poco que ver con violencia, insultos… pero no se queda ahí. Ser cristiano no significa ser respetuoso, simplemente. Va más allá. No es una ética estoica, es que Cristo vive en ti. Por tanto, acudir a las concentraciones masivas está bien, y a menudo es necesario, pero son sólo hitos en un camino mucho más largo y profundo. La vida no nos la jugamos en la manifestación masiva de nuestra fe, sino en la vivencia activa de ella en todo momento y circunstancia. Ser cristiano no es ser militante de una ideología, que me define quiénes son los buenos y los malos, a quienes tengo que escuchar y defender, y contra quiénes me tengo que posicionar. Eso es humano, no es de Dios. De Dios es esto:

“Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo que no resistáis al mal; antes bien al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra... el que te obligue a andar una milla vete con él dos... Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo, pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen... si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?” (Mt 5, 38-48).

Por tanto, no existen “enemigos ideológicos a los que derrotar”. Existen tan sólo hermanos y prójimo al que amar sin medida y dar la vida. Y ante los que nos persigan, poner la otra mejilla, es decir, perdonar. Como Cristo hizo: “Padre; perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23,34). Por tu misma protección preocúpate poco, de eso se encarga el Señor.

En segundo lugar, y por ende, la única solución o “militancia” cristiana es el amor. Como dijo cierto capellán de la Complutense, si el 10% de la gente que fue a la Misa de Somosaguas estuviera presente en sus ambientes y en su capilla con espíritu verdaderamente cristiano, jamás habría ocurrido el incidente primigenio en tal capilla. Si hubiera defensa de la capilla no acudiendo sólo a lo “macro”, sino activamente todos los días, algo como lo de Somosaguas sería mucho más complicado que ocurriera. Es una cuestión de coherencia de vida: no podemos defender un día al año lo que no vivimos el resto. Por tanto, si quieres defender a la Iglesia, reza a diario. A Cristo, reza a diario. Proteger lo que consideras legítimamente tuyo, reza a diario. Para que la capilla tenga sentido, para que la Iglesia tenga sentido, su mensaje no puede ser sino el del amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo (¡todo el prójimo!) como a uno mismo. Si no hay amor ni perdón, y si el centro no es Cristo-Eucaristía al que sigues a través de la oración y los Sacramentos, sino que son las manifestaciones públicas de militancia sin más, nuestro mensaje, nuestro Evangelio para todo el mundo, pasa a ser otra ideología recalcitrante más.

En síntesis: hay que defender en el espacio público nuestra fe y nuestros derechos. Pero que eso sea lo extraordinario en nuestra vida, y vivido desde el Amor y Perdón del Señor. Que lo ordinario sea seguir y anunciar a Jesucristo, por medio de nuestro diálogo, convivencia y amor con todo el mundo.

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"El aborto me parece horrible"


20/3/11

El hombre propone… y Dios dispone


A mi manera…
En nuestra humanidad caída existe algo que no acabamos de comprender bien: que somos creados por Alguien, y que ese Alguien tiene un propósito, y que es el Señor de nuestra existencia. La gran tentación del ser humano es enarbolarse como directores de la vida, como aquel que dispone de su presente y futuro según su sacrosanta voluntad. La serpiente lo sabía bien cuando tentó a la mujer diciéndola que sería como Dios. Ya no sólo en el sentido de tener un conocimiento perfecto, o de establecer el bien y el mal, sino también en el sentido de ser los dueños únicos de nuestro devenir. Tomar nuestras decisiones sin consultarlo con nadie, pensarnos que nos pertenece nuestra vida y futuro; en definitiva, ser el dios de nuestra vida, manera única posible, sentimos, de satisfacer nuestros deseos más íntimos.

¿Y qué constatamos cada vez que tomamos tal camino? Fracaso. Frustración. Impotencia. En dos sentidos: ni logramos que las cosas salgan como planeamos, ni, en el mejor de los casos, alcanzamos la plenitud de corazón que suponíamos. Y en el camino, habitualmente, nos cargamos de egoísmo y soberbia: efectivamente, cuando nuestro centro somos nosotros, supone que el prójimo se opone en nuestro camino de felicidad, o bien es un medio “explotable” para tomar nuestros objetivos vitales. Esto se cumple, en mayor o menor medida, tanto en lo pequeño como en lo grande. La conclusión es evidente: por más que la persona se empeñe, es incapaz de darse la felicidad, de la misma manera que fue incapaz de darse la vida a sí mismo. No podemos ser los amos de nuestra vida, porque todo lo que amamos y valoramos es puro don, puro regalo de Dios. Recuerda la parábola del Hijo Prójimo.

Por tanto, en nuestra vida debemos volver a la consideración primera: ¿Quién es el Señor, el Dios de mi vida? Mucha gente hoy día, y durante toda la Historia, ha vuelto a Dios tras constatar con su experiencia que no puede darse la felicidad ni saciar su sed de plenitud por sí mismo. Ése fue mi caso. Es más, cualquier cristiano suele experimentar esto a diario. Cumplir la voluntad de Dios reporta satisfacción y llena el corazón. Ir de machote freelance suele acabar de la misma manera: vida 5-0 yo. Tener a Dios como Padre y seguirle asegura plenitud; lo contrario, fracaso. Ésa puede ser una buena oración para ahora mismo: “Señor, te dejo mi felicidad en tus Manos, confío en Ti. Yo he fracasado. Con el corazón contrito y humillado, vuelvo a Ti para experimentar tu Amor y hacer lo que Tú quieras”.

…¡A su manera!
La paz que reporta dejar todo en manos de Dios es enorme. Deja de preocuparte por ti mismo, y vive para Dios. Desde ese momento, la responsabilidad de experimentar la plenitud queda bajo la Autoridad de Dios. Del Dios de todo, también de la felicidad humana… de tu felicidad.

Pero esto hay que hacerlo con todas las consecuencias. Y a menudo, nosotros hacemos trampa. Creemos que la vida se reduce, desde entonces, a pedir y esperar a que Dios, afanoso en cumplir nuestra voluntad, corra a satisfacernos. No, el Señor no es un supermercado. Vivir de la Providencia, del seguimiento de Cristo, significa que sigo la Voluntad y los tiempos de Otro, no los míos. Pedir a Dios es legítimo y bueno. Él está pendiente. Pero, por nuestro bien, Aquel que lo sabe todo, sigue un ritmo concreto. Su ritmo. De otra forma, no sería Dios, el Dios de nuestra vida. Igual que un padre no concede todo a su hijo por su simple lloro, sino que espera paciente para darle lo mejor, en el momento que más lo precise. Nosotros no sabemos lo que más nos conviene, porque nuestra visión es demasiado limitada. Seguro que a ti también te ha pasado que, pasados unos años, comprendes que lo que tú querías no habría sido lo mejor, y que, aunque en aquel momento no lo comprendieras, tuvo que suceder, por tu bien, algo contrario a tu deseo. Puede que incluso toda nuestra vida haya cosas que no comprendamos, tranquilo: en la otra vida tendrás un conocimiento más perfecto de tu vida. Lo verás todo desde la perspectiva de Dios. Y eso será otro motivo para alabar a Dios por su Providencia e infinito Amor.

En mi corta experiencia, he percibido que una de las cosas más típicas es no entender los tiempos del Señor, es decir, quiero algo, pero lo quiero aquí y ahora. Al no verlo realizado, perdemos la fe en el Amor del Señor. “Bah, Éste, con tanto papeleo, se habrá olvidado de mi”. Nada más lejos de la verdad. Es que Él, que sabe más, espera otro momento. Y nosotros, impacientes perdidos.

Un clásico, en este sentido, es el de la vocación. Cuántas veces queremos una respuesta, clara, contundente, e instantánea del Señor. Una especie de sms celestial que me deje todo clarísimo. Pero no, la vocación es camino: camino de fe, es decir, de confianza en que Cristo me lleva verdaderamente por el camino de mi plenitud. Camino en el cual debemos sobreponernos a nuestros miedos, resistencias, y tentaciones, entre las que destaca la tentación de pensar que Dios no nos concederá lo que más ansiamos, de que Dios nos ha abandonado. De que su camino no es el apropiado. Pero si estamos “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (como reza nuestro lema de la JMJ), Jesús cumplirá nuestra expectativas. O mejor, las superará. Pero para ello, es necesario estar abierto. Abierto al Señor, a su Voluntad. Renovar la siguiente determinación a menudo: “lo que Tú quieras. Dímelo, y así lo haré”. He visto en los últimos tiempos varios casos de estos: personas que buscan respuesta a su vida, a su vocación, y que, tras renovar nuevamente su promesa al Señor de que se es hijo y hará la Voluntad de su Padre, el Señor les regala una respuesta plena. A mí también me ocurrió esto. Por esto, a todos aquellos que buscan con sincero corazón las respuestas a su vida, es importante hacer esto nuevamente: entregar el “cheque en blanco” al Señor, y desear fervientemente hacer lo que Él diga. Sin reservas. Sin trucos. Ponga los ceros que ponga, desear hacerlo. Responderá. A Su tiempo. Pero responderá.

Esta es nuestra vida, a fin de cuentas. Volver al Padre constantemente, reconocernos incapaces constantemente. Renovar nuestra entrega completa constantemente.

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Sacerdote, regalo de Dios para el mundo

6/3/11

Opus Dei: "una aventura divina en la que el Señor no deja de sorprenderme"


Me presento. Me llamo Davinia, tengo 27 años y soy numeraria auxiliar. Conocí el Opus Dei a los 12 ó 13 años, gracias a una profesora de mi hermano que me habló de una asociación juvenil que había en Leganés, (por aquel entonces yo vivía en Fuenlabrada). Empecé a ir con mi madre, al principio, y después sola. Me encantaban las actividades que se impartían: manualidades, tocar la guitarra, todo en un clima de amistad con gente que pensaba como yo y ¡lo pasábamos genial! En este club juvenil la formación espiritual estaba a cargo del Opus Dei. A medida que crecía humanamente, también crecía espiritualmente y por ello, iba acercándome más a Dios. Hasta que un día me lo pidió todo y yo me lancé a intentar dárselo, y me metí en una aventura divina en la que el Señor no deja de sorprenderme.

Cuando empecé a formar parte de esta parte de la Iglesia, me dijeron que iba a seguir haciendo lo mismo que hasta entonces, pero con un pequeño matiz: Buscar la santidad en cada cosa que hago y así ha sido. En la estampa de San Josemaría, que es el fundador, se refleja perfectamente cual es el espíritu de Opus Dei. “Camino de santificación, en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano”.

Dentro de la Obra de Dios, como también se le llama, hay muchas maneras de vivir este mismo espíritu, por eso existen supernumerarios/as, que son los que buscan la santidad en lo ordinario formando una familia, los agregados/as que viven el celibato apostólico, aunque no viven en los centros, los numerarios/as, que además de vivir el celibato viven en centros del Opus Dei y la numerarias auxiliares, que hacemos que todo esto sea una familia. Quiero aclarar que el celibato apostólico que vivimos no es porque seamos consagrados, simplemente nos comprometemos a ello.

Las numerarias auxiliares nos dedicamos al trabajo de la administración de los centros, que son hogares cristianos, en los que como cualquier madre de familia, lava la ropa, hace la comida, prepara un centro de flores, ahora eso si, es un trabajo profesional, y eso lleva consigo hacerlo con cierta altura, por ello constantemente nos formamos asistiendo a cursos, e intentamos estar a la última.

Pienso, y cada vez los veo con más claridad, que mi vocación es la más parecida a la de la Virgen.
Mi relación con Dios, diría, que es la que tiene una criatura hacia su creador, una hija pequeña necesitada con su Padre Todopoderoso, o la de dos personas que se aman y se buscan constantemente.
El Opus Dei realiza sus labores de apostolado sobre todo llevando la formación espiritual de asociaciones, colegios, pero lo propio es el tú a tú. Intentamos poner a la gente que conocemos cara a cara con Dios. Alguna vez he dado catequesis de comunión o confirmación, en la parroquia, actualmente no lo hago, pero algunas de las que viven conmigo en el centro sí.

Creo que no tengo motivos para envidiar a nadie, mejor dicho, he tenido mucha suerte con este regalo que Dios me ha concedido y espero que se lo conceda a mucha más gente.

Davinia Maestre Blanco

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La Vida Consagrada Feminina - Madre Adela


6/2/11

Youth Catechism

By juventudporlajornada.com

Texto del Prólogo de Benedicto XVI
Les aconsejo la lectura de un libro extraordinario

¡Queridos jóvenes amigos! Hoy les aconsejo la lectura de un libro extraordinario. Es extraordinario por su contenido, pero también por el modo en que fue confeccionado, que yo deseo explicarles brevemente para que se pueda comprender su peculiaridad.

“YouCat” ha tomado su origen, por así decir, de otra obra que se remonta a los años ´80. Era un período difícil para la Iglesia como también para la sociedad mundial, durante el cual se planteó la necesidad de nuevas orientaciones para encontrar un camino hacia el futuro. Luego del Concilio Vaticano II (1962-1965) y en el transformado clima cultural, muchas personas ya no sabían correctamente lo que los cristianos debían creer, qué enseñaba la Iglesia, si ella podía enseñar algo “tout court”, y cómo todo esto podía adaptarse al nuevo clima cultural.

¿El cristianismo en cuanto tal no está superado? ¿Se puede todavía hoy ser razonablemente creyente? Éstas son las preguntas que todavía hoy se plantean muchos cristianos. El papa Juan Pablo II concluyó entonces en una decisión audaz: decidió que los obispos de todo el mundo escribieran un libro con el cual responder a estas preguntas.

Él me confió la tarea de coordinar el trabajo de los obispos y de velar a fin que de las contribuciones de los obispos naciese un libro: me refiero a un libro de verdad, no a una simple yuxtaposición de textos. Este libro debía llevar el título tradicional de “Catecismo de la Iglesia Católica”, y sin embargo debía ser algo absolutamente estimulante y nuevo; debía mostrar qué cree hoy la Iglesia Católica y de qué modo se puede creer en forma razonable.

Quedé asustado por esta tarea, y debo confesar que dudaba que se podía conseguir algo similar. ¿Cómo podía ser que autores que están diseminados por todo el mundo pudiesen producir un libro legible? ¿Cómo hombres que viven en continentes distintos, y no sólo desde el punto de vista geográfico sino también intelectual y cultural, podían producir un texto dotado de una unidad interna y comprensible en todos los continentes?

A esto se agregaba el hecho que los obispos debían escribir no simplemente a título personal, como autores individuales, sino en representación de sus hermanos y de sus Iglesias locales.
Debo confesar que también hoy me parece un milagro el hecho que este proyecto al final se haya llevado a cabo. Nos encontramos tres o cuatro veces al año durante una semana y discutimos apasionadamente sobre partes específicas del texto que en ese entonces habían sido desarrolladas.

Lo primero que se debía definir era la estructura del libro: debía ser simple, para que los distintos grupos de autores pudieran tener en claro lo que debían hacer y no tuvieran que forzar sus afirmaciones en un sistema complicado.

Y la misma estructura de este libro está tomada simplemente de una experiencia catequística de largos siglos: lo que creemos; en qué forma celebramos los misterios cristianos; de qué modo tenemos la vida en Cristo: en qué forma debemos rezar.

No quiero explicar ahora cómo hemos discutido ante la gran cantidad de preguntas, hasta que se logró redactar un verdadero libro. En una obra de este género, son muchos los puntos discutibles: todo lo que los hombres hacen es insuficiente y puede ser mejorado, y no obstante esto se trata de un gran libro, un signo de unidad en la diversidad. A partir de muchas voces se pudo formar un coro porque teníamos la partitura común de la fe, que la Iglesia nos ha transmitido desde los apóstoles, a través de los siglos, hasta hoy.

¿Para qué todo esto?
Ya entonces, en el momento de la redacción del “Catecismo de la Iglesia Católica”, debimos constatar no sólo que los continentes y las culturas de sus pueblos son diferentes, sino también que en el interior de las sociedades en particular existen diversos “continentes”: el obrero tiene una mentalidad distinta a la campesino, y un físico distinta a la de un filólogo; un empresario distinta a la de un periodista, un joven distinta a la de un anciano. Por este motivo, en el lenguaje y en el pensamiento, debíamos trascender todas estas diferencias, y por así decir, buscar un espacio común entre los diferentes universos mentales. Con esto nos tornamos cada vez más conscientes de cómo el texto requería “traducciones” para los diferentes mundos, para poder llegar a las personas con sus distintas mentalidades y sus diferentes problemáticas.

Desde entonces, en las jornadas mundiales de la juventud (Roma, Toronto, Colonia, Sydney) se han encontrado jóvenes de todo el mundo que quieren creer, jóvenes que están a la búsqueda de Dios, que aman a Cristo y desean recorrer caminos comunes. En este contexto nos preguntábamos si no debíamos intentar traducir el “Catecismo de la Iglesia Católica” al idioma de los jóvenes y hacer penetrar sus palabras en su mundo. Naturalmente también entre los jóvenes de hoy hay muchas diferencias; así, bajo la guía probada del arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, se ha formado un “YouCat” para los jóvenes. Espero que muchos jóvenes se dejen fascinar por este libro.

Algunas personas me dicen que a la juventud actual no le interesa el Catecismo; pero no creo en esta afirmación y estoy seguro que tengo razón. La juventud no es tan superficial como se la acusa. Los jóvenes quieren saber en qué consiste realmente la vida. Una novela criminal es cautivante, porque nos involucra con el destino de otras personas, pero ese destino podría ser también el nuestro; este libro es cautivante, porque nos habla de nuestro destino mismo y por eso resulta próximo a cada uno de nosotros.

Por esto los invito: ¡estudien el catecismo! Éste es mi augurio de corazón.
Este subsidio al Catecismo no los adula; no ofrece soluciones fáciles; exige una nueva vida por parte de ustedes: les presenta el mensaje del Evangelio como la “perla preciosa” (Mt 13, 45) por la cual es necesario dejar todo. Por eso les pido: ¡estudien el catecismo con pasión y perseverancia! ¡Sacrifiquen el tiempo que sea necesario para eso! Estúdienlo en el silencio de sus cuartos, léanlo de a dos, si son amigos formen grupos y redes de estudio, intercambien ideas por Internet. ¡Permanezcan en todas las formas posibles en diálogo sobre vuestra fe!
Deben conocer lo que creen; deben conocer su fe con la misma precisión con la que un especialista de informática conoce el sistema operativo de una computadora; deben conocerla como un músico conoce la pieza musical que ejecuta. Sí, ustedes deben estar cada vez más profundamente arraigados en la fe de la generación de vuestros antepasados, para poder resistir con fuerza y decisión a los desafíos y a las tentaciones de este tiempo.

Ustedes tienen necesidad de la ayuda divina, si no quieren que su fe se seque como una gota de rocío al sol, si no quieren sucumbir ante las tentaciones del consumismo, si no quieren que el amor de ustedes se hunda en la pornografía, si no quieren traicionar a los débiles y a las víctimas de abusos y violencia.

Si ustedes se dedican con pasión al estudio del Catecismo, quiero también darles un último consejo: sepan todos de qué modo la comunidad de los creyentes ha sido herida en los últimos tiempos por los ataques del mal, por la penetración del pecado en el interior e inclusive en el corazón de la Iglesia. No pretendan que esto sea un pretexto para huir de la presencia de Dios. ¡Ustedes mismos son el cuerpo de Cristo, la Iglesia! Lleven el fuego intacto del amor de ustedes a esta Iglesia cada vez que los hombres hayan oscurecido su rostro. “No seáis perezosos en vuestro celo, dejaos arrebatar por el Espíritu y servid al Señor ” (Rm 12, 11).

Cuando Israel estaba en el punto más oscuro de su historia, Dios llamó en su auxilio no a los grandes y a las personas estimadas, sino a un joven de nombre Jeremías. Él se sintió investido de una misión demasiado grande: “¡Ah, mi Señor y mi Dios, no logro ni siquiera hablar, todavía soy muy joven!” (Jr 1, 6). Pero Dios no se dejó engañar: “No digas: ´Todavía soy muy joven´. Allí donde te mando, allí debes ir, y lo que te ordeno, lo debes anunciar” (Jr 1, 7).

Los bendigo y rezo cada día por todos ustedes.
Benedicto XVI

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30/1/11

"Es preciosa la vida entregada por la misión". Misioneros del Verbo Divino


Soy Modeste MUNIMI, misionero del Verbo Divino. Nací el 10 de junio de 1972 en un pueblo de la República del Congo. Tengo cuatro hermanas y un hermano. He tenido la fortuna de crecer en ambiente familiar fraterno y cristiano. Desde pequeño mis padres me enseñaban el camino de la Iglesia. Me crié al lado de los misioneros oblatos de María Inmaculada, la mayoría belgas, y de las hermanas de la Sagrada familia de Burdeos, muchas de nacionalidad española. Crecí en ese ambiente cristiano y religioso.

Conocí la Congregación de los Misioneros del Verbo Divino a través de un verbita, el Padre Manfred Krause, que luego fue mi maestro en el noviciado. El Padre Manfred, de nacionalidad alemana, fue en aquel entonces el responsable de la pastoral vocacional de los misioneros del Verbo Divino en Congo. Viajaba por el país para dar a conocer su Congregación a los jóvenes.
Al terminar el bachillerato, comencé la carrera de Historia y Ciencias Sociales. Después de un año, decidí abandonar los estudios para empezar la formación religiosa y misionera. No fue una decisión fácil, porque mi padre se opuso. Empecé el periodo de formación en la Congregación de los Misioneros del Verbo Divino en Congo. Después de dos años de noviciado, inicié los estudios de filosofía y teología en Congo y Kenia (Nairobi). Me ordené sacerdote en el 2006, en Congo. Poco antes de los votos perpetuos en 2006, recibí el destino misionero para España. Mi sueño era trabajar en América Latina, sobre todo en Chile, o en Congo. Sin embargo, fui enviado a España donde llegué a finales de septiembre de 2006. De todas formas, estaba dispuesto a irme donde mis superiores me mandaran.

Después de unos meses de aprendizaje del idioma, en Palencia y en Madrid, el Padre Provincial y su Consejo me destinaron a Niebla, un pueblo de la provincia y diócesis de Huelva. Allí empecé la “universidad de la vida”. Pronto me enamoré del pueblo y de la gente. Fue una etapa importante en mi vida misionera. El cariño de la gente dejó huellas en mi vida, como persona y como misionero.

Ahora estoy estudiando la carrera de Periodismo en el Centro Universitario de Villanueva, adscrito a la Universidad Complutense. Es una realidad distinta de la que viví en la parroquia; sin embargo, es importante y enriquecedora.

Nunca había pensado salir de mi pueblo. Mi mundo fue siempre mi pueblo, mi familia y mis amigos. No obstante, la vida y el trabajo de los misioneros en mi pueblo siempre me había llamado la atención. Su testimonio de vida me ayudó a tener otra visión del mundo y de mi ser cristiano. Así pues, decidí ser como ellos. La decisión no fue fácil, tampoco para mis padres, porque tenía que apartarme de mi pueblo y de mi familia.

Al principio, no lo tenía muy claro; tampoco sabía que existían otras congregaciones religiosas y misioneras fuera de los Oblatos, que estaban en mi parroquia. Cuando conocí a los Misioneros del Verbo Divino y leí su carisma, que consiste en “proclamar el Evangelio a todos los hombres y mujeres principalmente donde la Palabra de Dios no ha sido anunciada”, decidí hacerme misionero de esta Congregación. Me atreví y soy feliz.

Hace 10 años que estoy lejos de mi familia y de mi país. Estuve 5 años en Kenia y llevo casi otros 5 años en España. Puedo decir que soy feliz. He encontrado una nueva familia, nuevos hermanos y hermanas. Ya no soy aquel chico de “Ngoso”, mi poblado, sino el hombre del mundo. Me atrevo a decir hoy que es preciosa la vida entregada por la misión, la vida ofrecida por los demás. “No hay mayor amor que dar la vida por sus amigos” (Juan 15, 13).

En mi camino misionero no habido siempre rosas. He encontrado también dificultades. Por ejemplo, entender y aprender otras culturas, otras costumbres e idiomas distintos del mío. Sin embargo, he sabido enfrentar el reto. En todo este proceso, nunca me he encontrado solo. He tenido siempre a mi lado al Señor que me llamó, a mis compañeros y amigos. En todos los sitios donde estuve, procuré siempre ser uno más y dar lo mejor de mí mismo por la edificación de ese gran edificio, que es la Iglesia.

Somos una Congregación misionera presente en más de 70 países del mundo. Somos más de 6.000 miembros, hombres de distintas culturas, razas, lenguas y costumbres. Para mí, la multiculturalidad de nuestra familia religiosa es una riqueza y un testimonio en este mundo global, pero cada vez más individualista. A pesar de nuestras diferencias, podemos vivir juntos como hermanos.

Mi experiencia de fe es una experiencia que se va enriqueciendo. La gente sencilla, sea en mi etapa en Kenia o en Niebla (España), me han ayudado siempre a crecer en mi propia fe. Hay gente que proclama el Evangelio con su sencillez y su fe profunda. Mis experiencias de misión me han enseñado muchas lecciones: a ser paciente, tolerante, compresible, amar sin fin; y por encima de todo, a confiar siempre en Dios.

Modeste Munimi
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Misioneros del Verbo Divino


16/1/11

Sé a quién buscas


En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar.

Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismo y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna.

Es propio de la condición humana, y especialmente de la juventud, buscar lo absoluto, el sentido y la plenitud de la existencia. Queridos jóvenes, ¡no os contentéis con nada que esté por debajo de los ideales más altos! No os dejéis desanimar por los que, decepcionados de la vida, se han hecho sordos a los deseos más profundos y más auténticos de su corazón. Tenéis razón en no resignaros a las diversiones insulsas, a las modas pasajeras y a los proyectos insignificantes. Si mantenéis grandes deseos para el Señor, sabréis evitar la mediocridad y el conformismo, tan difusos en nuestra sociedad.

Os deseo que experimentéis aquello de lo habla el Evangelio: “Jesús poniendo su mirada en él, lo amó”. ¡Deseo que experimentéis que Cristo os mira con amor! Que gustéis su mirada amorosa que os acompaña desde la primera mirada del Creador al llamaros a la existencia, y que se refleja en la mirada fija de Cristo al joven del Evangelio. Solamente Él conoce lo que hay en el hombre, conoce su debilidad, pero sobre todo su dignidad. Deseo que cada uno de vosotros descubráis ese “te miró con amor” de Cristo y que lo experimentéis hasta el fondo.

¡Estad atentos al momento que llega! Te es necesaria esta mirada amorosa; te es necesario saberte amado eternamente y elegido desde la eternidad. Sí, mi querido joven, si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles, acoge esa llamada, vive conforme a la dimensión del don. Escucha al Maestro que te dice: “Sígueme”.
Juan Pablo II
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De futbolista a Seminarista

11/1/11

09/10 ¡Quiero un año diferente!


Apuntarse al gimnasio, aprender checoslovaco, ganar un concurso de relatos, hacer las paces con la suegra, etc. Cuanta actitud de cambio se respira en los últimos minutos de un año. Mientras quitamos los pipos de la uvas, algún pensamiento de mejora nos invade la cabeza. Todos tenemos ganas de dejar a un lado las cadenas que en 2010 nos impidieron vivir apasionadamente. Miramos a nuestros familiares como se alegran por despedir un año más juntos a la vez que nos llegan decenas de sms con la invitación a una época que promete darnos todo cuanto pidamos.

No deja de ser ilusionante y admirable la pasión que brota del alma humana, y más en momentos tan especiales como la Navidad o Nochevieja. Aunque a veces, van pasando los meses… enero, febrero… abril… y en algún momento, removiendo papeles de escritorio encontramos la lista de propósitos para esa “vida nueva”. Pasa el tiempo y vemos que por nuestras propias fuerzas el cambio tan deseado no termina de llegar. Se sigue retrasando un año más y aunque logremos perfeccionar el acento de un idioma o mantenernos en nuestro peso ideal, el corazón sigue con hambre. Continúa con deseos de abrazar la plenitud. Incluso sentimos cierta frustración al contemplar que hay cosas que no hemos conseguido corregir. Quizás falta de tiempo o de fuerza de voluntad, pensamos. Lo cierto es que 365 días se hacen cortos cuando tiramos solos del carro de nuestra vida.

Es ahí cuando toca salir del armazón del ‘radio yo: todo mis noticias’. Mover un poco el dial y sintonizar con el Único que sabe lo que nuestro interior anhela desde hace tiempo. Hay Alguien que se mantiene inmóvil en todos los Sagrarios del mundo que quiere hacernos una criatura nueva, que no pretende ahogarnos con infinidad de intenciones sino que sólo pide un poco de atención y de paciencia para dejar hacer su obra en nuestra historia –sí, en tu biografía-. Justo en esa situación es cuando podrán guiarnos estas palabras que pronució alguien a quien tantas veces durante el año no tenemos tiempo de escuchar:

“Tengo que comenzar por dejar de mirarme, y preguntarme qué es lo que Él quiere de mí. Tengo que empezar aprendiendo a amar, pues el amor consiste en apartar la mirada de mí mismo y dirigirla hacia Él. Si en lugar de preguntarme qué es lo que puedo conseguir para mí mismo me dejo sencillamente guiar por Él, si me dejo caer realmente en Cristo, me desprendo de mí mismo, entonces comienzo a disfrutar de la vida verdadera, porque de todos modos yo soy demasiado estrecho para mí solo. Cuando salgo a su aire libre, valga la expresión, entonces y sólo entonces comienza y llega la grandeza de la vida.

Bueno, como es lógico, este camino no se recorre de la noche a la mañana. Dedicarse especialmente a conseguir una felicidad rápida no encaja con la fe. Y quizás una de las razones de la actual crisis de fe sea que queremos recoger en el acto el placer y la felicidad y no nos arriesgamos a una aventura que dura toda la vida –con la enorme confianza de que ese salto es el único que no termina en la nada y es el acto de amor para el que hemos sido creados-. Y en realidad es lo único que me proporciona lo que quiero: amar y ser amado, hallando de ese modo la auténtica felicidad.

Quisiera deciros insistentemente: ¡Abrid vuestro corazón a Dios, dejaos sorprender por Cristo! Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, feliz, bella y grande”.

Benedicto XVI
Feliz y fecundo año nuevo

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Hillsong - Open My Eyes